Senryu bananero — SENDERO blog

Las plataneras a la hora de la siesta duermen a hoja suelta

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Cine y Artes audiovisuales para chicos en contextos de vulnerabilidad — Clip Urbano

~Prensa UNLP~ Globo Rojo, un taller de cine y artes audiovisuales, se propone ofrecer un espacio de aprendizaje y creación artística para pequeños cuyo acceso a la cultura se encuentra vulnerado. Se trata de un proyecto de extensión, desarrollado por docentes y estudiantes de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La […]

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Dilma afirma que su ‘delito’ y el de Lula fue defender a los humildes (+Fotos y Video) — prensa bolivariana

La Habana, 15 jul (PL) La depuesta presidenta brasileña Dilma Rousseff afirmó hoy aquí en el XXIV Encuentro del Foro de Sao Paulo que su ”delito” y el de Luiz Inácio Lula da Silva fue defender a los humildes y la soberanía sobre los recursos naturales. En la primera jornada del encuentro de tres días, […]

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Fifteenth Congress of Polisario Front to be held within next year | Sahara Press Service — No te olvides del Sahara Occidental

Shaheed El-Hafed, July 15, 2018 (SPS) – The National Secretariat of the Polisario Front has decided, in accordance with the Basic Law of the Front, to hold the 15th Congress of the Polisaio Front within the coming year, said a statement following the 8th ordinary session of the National Secretariat. The 8th ordinary session of […]

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IX GALA MÁGICA “LA HAIMA MÁGICA” — Asociación Granadina de Amistad con la República Árabe Saharaui Democrática — No te olvides del Sahara Occidental

Domingo 15 de julio 2018 se ha celebrado en el Teatro Isabel la Católica la IX Gala Mágica. Gracias a Circulo mágico , a Franki, a Cipriano , a Ángela Contreras, a Propón teatro y a Luisma por hacernos pasar un rato mágico, a las familias de acogida y a todos los que han asistido… a […]

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LIBRO: “Historia oculta del fascismo catalanista: de Maciá a los hermanos Badia” por Jordi Corominas —

Fuente: Vozpopuli Una de las más notorias operaciones del Procés independentista ha sido el vaciado sistemático del lenguaje para manipularlo a su antojodesde la más absoluta banalización, para controlar parte de la opinión pública a través de una manipulación deliberada. Por eso durante estos últimos años la acusación de fascismo ha salido a relucir por […]

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“Nos están matando”: ¿A quién le temen los líderes sociales en Colombia?

"Nos están matando": ¿A quién le temen los líderes sociales en Colombia?

Todavía no había salido el sol cuando las camionetas se detuvieron a la vera del camino, entre las matas de plátano y el verde espeso de las montañas, para lanzar siete cuerpos. Todos con tiros de gracia.

Los vecinos de la vereda Desiderio Zapata, un caserío rural en las entrañas de Argelia, en el departamento colombiano del Cauca, sintieron la llegada de los vehículos y el golpe seco de varios bultos sobre el terraplén. Cuando se acercaron para mirar, encontraron los cadáveres de hombres entre 25 y 35 años, todavía vestidos con ropa de trabajo y calzados con botas altas; y sus pieles, que ya se habían tornado oliváceas, mostraban signos de tortura. Los habían matado en El Tambo, una zona al norte del municipio, pero los asesinos dejaron los cuerpos allí, justo una semana después de que los panfletos del Comando Popular de Limpieza (CPL) amenazaran con una ‘limpieza social’.

Un campesino limpia una cosecha de coca en Cauca, Colombia. 27 de enero de 2017. / Jaime Saldarriaga / Reuters

El hecho, que ha sido denominado como la ‘Masacre del Cauca’, ocurrió a principios de este mes en un país que pactó la paz con la que fue la guerrilla más antigua de América Latina, que le hizo ganar un Nobel al saliente mandatario Juan Manuel Santos, y que recibe a diario denuncias por parte de organizaciones de defensa de DDHH por el asesinato de más de 300 líderes sociales. ¿Está Colombia en vías de recrudecer un conflicto armado al que supuestamente le habían puesto fin?

Respuesta tardía

Dos de los muertos de la masacre del Cauca fueron identificados por las autoridades como ex combatientes de las Farc que habían desertado del proceso de desmovilización. De las otras cinco víctimas, algunas figuraban en los expedientes de la Policía por casos de tenencia ilícita de armas. Sin embargo, la revelación sobre quiénes eran los dos primeros abrió las compuertas de un viejo dique: el que divide las ‘bajas’ en buenas y malas, dependiendo del ala a la que pertenezcan.

Colombia, que apenas en 2016 firmó un pacto para poner fin a un conflicto de más de medio siglo, tiene aún vivas las heridas de la guerra y un rechazo tan arraigado contra la guerrilla, que la mayoría de sus votantes sufragó por el ‘No’ en el plebiscito para refrendar los acuerdos de paz y le dio la victoria presidencial a Iván Duque, el candidato conservador que prometió modificar lo negociado entre el Gobierno y las Farc en La Habana: “Estamos en un período crítico”, apunta la activista Katalina Vásquez, directora de la revista digital Generación Paz.

“Es preocupante la justificación y tergiversación que están haciendo la derecha y sus líderes de opinión para tratar de minimizar las masacres a líderes sociales. Por una parte, aseguran que se trata de una utilización política de la izquierda, y por otro, tratan de responsabilizar únicamente a las Farc y al ELN. El peligro es que se terminen legitimando todas las muertes“, explica Vásquez.

Lo que enciende todas las alertas es el asesinato sistemático de líderes sociales y comunitarios desde 2016, a pesar del acuerdo de paz. La cifra de homicidios, según las estimaciones de Indepaz, alcanza un total de 273 dirigentes comunales. Sin embargo, el número de víctimas asciende a 399 si se toman en cuenta los casos documentados por Publimetro.

La denuncia no es nueva, pero la postura oficial sí. En octubre del año pasado, Santos negó que el asesinato de activistas fuese sistemático y atribuyó las muertes a “razones personales“, sin embargo, a pocas semanas de dejar su cargo en la Casa de Nariño, el presidente saliente ha activado a una Comisión Nacional de Garantías para investigar los hechos y “actuar con toda contundencia contra quienes atacan a los líderes sociales”.

Juan Manuel Santos

@JuanManSantos

Convoqué para el martes a la Comisión Nacional de Garantías de Seguridad. La @FiscaliaCol tiene resultados importantes. Reitero mi instrucción de actuar con toda contundencia contra quienes atacan a líderes sociales. No bajaremos la guardia.

Para Vásquez, el Gobierno de Santos falló al no reconocer el problema a tiempo y activar los protocolos para proteger a los líderes sociales, lo que a su juicio da pie para “favorecer más las condiciones de impunidad a quienes cometen nuevos crímenes”.

El vacío de las FARC

La activista y directora de la Corporación Región, Marta Villa, identifica dos elementos centrales como responsables del recrudecimiento de la violencia en Colombia: el vacío dejado por la desmovilización de las Farc, que no fue ocupado por el Estado y está en pugna entre otros actores armados; y otra, más vinculada a la Ley de Víctimas, que tiene que ver con la restitución de tierras.

Los conflictos territoriales se han atizado especialmente en las zonas donde abundan los cultivos de coca, como en el caso del departamento del Cauca, en el suroeste de Colombia. Ahora que las Farc no participa en el negocio, otros grupos armados, entre ellos ex combatientes que desertaron de las zonas de desmovilización, tratan de ejercer control “sobre los circuitos de circulación de droga”, explica Villa. Los “corredores” con salida al Océano Pacífico son los predilectos.

Un hecho controvertido en ese contexto es que, desde que se hicieron públicas las negociaciones de paz, aumentaron los cultivos de coca, al punto de que el Gobierno colombiano estuvo al borde de la descertificación por parte de EE.UU. Las hectáreas sembradas pasaron de 78.000 en 2012 a 159.000 hasta 2015, según un informe de Control de Narcóticos elaborado por el Departamento de Estado.

Un avión fumiga una plantación de amapola con glifosato líquido en Caquetá. 3 de marzo de 2002. / Daniel Munoz / Reuters

Ese aumento exponencial ha sido el argumento recientemente utilizado por Santos para retomar las fumigaciones con glifosato, una práctica altamente nociva, prohibida por la Organización Mundial de la Salud (OMS), y que se había descartado como parte de los acuerdos con la guerrilla. Lo grave es que la aspersión del plaguicida no solo afecta los cultivos de coca, sino también otras plantaciones, lo que deja a los campesinos sin sus fuentes de sustento y les obliga a desplazarse de sus territorios.

La dinámica se empantana aún más por la cuestión de la tierra. Los analistas del conflicto colombiano coinciden en afirmar que la raíz está en el campo y en las disputas históricas por el derecho al territorio de campesinos, indígenas y poblaciones afrodescendientes. De hecho, elinforme de Indepaz precisa que 80,4% de los líderes sociales asesinados en lo que va de año estaban vinculados a asociaciones campesinas o étnicas.

“La mayor parte de la violencia en Colombia sigue estando ligada a los reclamos de tierra. Muchos de los líderes sociales asesinados tenían procesos jurídicos avanzados en temas de restitución, avanzaban en consultas populares para la implementación de proyectos de desarrollo social o pertenecían a organizaciones que se oponían a megaproyectos en sus zonas. Son reclamos que existían mucho antes de la firma del acuerdo”, apunta Villa.

Dos casos emblemáticos de estos reclamos fueron los asesinatos de Hugo Albeiro George Pérez, de 47 años; y Luis Alberto Torres, de 35, perpetrados en el departamento de Antioquia, al noroccidente del país andino. Los crímenes se cometieron con apenas seis días de diferencia y ambos activistas luchaban contra el mismo megaproyecto: HidroItuango, la presa hidroeléctrica más grande y ambiciosa en la historia de Colombia. Aún la justicia no ha determinado quiénes fueron los responsables.

Un dato revelador de la desigualdad en la distribución de la tierra en Colombia lo ofrece un estudio de Javier Giraldo sobre el conflicto armado: entre 1980 y 1995, los narcotraficantes compraron las mejores tierras del país y se hicieron con 42% del territorio nacional. En 2007, los paramilitares despojaron 744.580 hectáreas, lo que dejó como resultado el desplazamiento de casi un millón de campesinos en los departamentos de Atlántico, Bolívar, Córdoba, Sucre, Magdalena, Cesar, Guajira, Antioquia, Chocó y Meta.

Una paz frágil

Aunque Villa y Vásquez reconocen que ha habido avances importantes en el país con respecto a la participación política de las Farc, que después de su desarme funcionan como partido, advierten que las deudas de la implementación del acuerdo son muy altas, especialmente en las áreas de tenencia de la tierra, erradicación de cultivos y planes de reincorporación de ex combatientes a la vida civil.

“Creo que el riesgo de que haya un retroceso importante en esos temas es bastante latente”, agrega Villa, quien por el momento descarta que entre esos peligros esté la posibilidad de que las guerrillas resurjan. “Pienso que la satisfacción de esas demandas se va a exigir por la vía de la protesta social, no por la vía de las armas”.

Vásquez es menos optimista y considera que el asesinato de los líderes sociales es un síntoma de las nuevas violencias que encuentran espacio en Colombia, especialmente por la salida de las Farc como actor armado: “Hay un reacomodo de los criminales herederos del paramilitarismo, que no solo están en el negocio de la coca, sino que participan en las economías ilegales que dependen de la minería, de la extorsión, y que tienen relación con la clase política de las regiones. Además, el ELN sigue en en armas”.

La semana pasada, la Comisión de Verificación de la Organización de Naciones Unidas (ONU) rechazó con contundencia los asesinatos de líderes sociales y emitió una declaración para alertar sobre el peligro de la “estigmatización” y “criminalización” contra los dirigentes comunales, especialmente en las zonas más afectadas por la violencia.

“Los participantes expresaron su grave preocupación con relación al patrón persistente de violencia que deja sin efecto el cumplimiento del Acuerdo de Paz para la población de los territorios”, reza el texto, en el que se denuncia la proliferación de grupos armados ilegales, interesados en promover sus economías con negocios ilícitos.

La llegada de un nuevo Gobierno a Colombia, que ha prometido hacer reformas de fondo a lo pactado en La Habana, también preocupa a la ONU. La organización ha instado a un proceso de “diálogo” para lograr un “acuerdo nacional” que salvaguarde los avances de la paz, no obstante, apunta Villa, hay un hecho innegable: la gente que llevó a Duque a la Presidencia es la misma que votó contra el plebiscito y que aún no avala la negociación con la insurgencia. “¿La sociedad colombiana está dispuesta a defender el acuerdo? Solo una parte, que es la misma que ha seguido resistiéndose a la idea de que la guerra es el mecanismo para dirimir los conflictos. La otra no”, sostiene.

Un sacerdote bendice ataúdes que contienen los restos de 14 personas asesinadas en Medellín. / Fredy Builes / Reuters

Vásquez, por su parte, lamenta que los líderes sociales se hayan convertido en el blanco más vulnerable porque son ellos quienes “le han puesto el pecho a la pedagogía de paz en los territorios difíciles”, en esos espacios los históricamente más afectados por la guerra. “Ellos asumieron la tarea que el Gobierno no supo hacer; montados en lanchas, en caballos o pie, poniendo en riesgo sus vidas, llegaron a la Colombia profunda para decir que había que apoyar el acuerdo, aunque tuvieran los medios en contra y recibieran amenazas de bandas criminales que prometían asesinarlos”.

La paz en vilo

“Rechazo categóricamente todos los actos de violencia en el país contra los líderes sociales y líderes políticos. Yo quiero que Colombia retome la agenda de la legalidad“, dijo el presidente electo, Iván Duque, el pasado 6 de julio.

El nuevo mandatario aseguró que brindará protección “a todas las personas que se han desmovilizado, a los líderes sociales y líderes políticos”. El mismo día de esas declaraciones, la presidenta del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, dijo que esa institución se abstendría de ofrecer financiamientos a Colombia si retorna el conflicto armado, lo que fue interpretado como una clara señal de presión para no modificar el rumbo del acuerdo.

Para Villa, este tipo de presiones no son suficientes para que el Gobierno de Duque frene su deseo de modificar el acuerdo, pero “será una contención importante y necesaria”. Vásquez coincide en que la atención de la comunidad internacional al proceso será vital no solo para proteger la paz pactada, sino la democracia.

Aunque su pronóstico es reservado, la directora de la Generación Paz espera que el Gobierno de Duque logre superar la sombra del expresidente Álvaro Uribe, quien “dejó mucho miedo” entre los activistas de DDHH por la persecución y criminalización que ejerció durante su administración: “Ojalá que el Ejército logre llenar los espacios que dejó las Farc, como no se hizo con Santos, y se brinden garantías a la oposición, no solo porque fue pactado en el acuerdo, sino porque es lo que corresponde a una democracia”.

“Estamos en un momento de mucha incertidumbre, de mucho riesgo para las organizaciones sociales”, añade Vila, “pero creo que no estamos en los niveles de violencia de los años 80, cuando ocurrió el exterminio de la Unión Patriótica (UP). Hay otra vigilancia, otra movilización. Es un momento de vulnerabilidad, pero también de una conciencia social que empieza a tomar protagonismo”.

Aunque no han pasado ni dos semanas de la ‘Masacre del Cauca’, el líder indígena Enrique Fernández Dagua, sobreviviente de la masacre del Naya, denunció ayer que fue amenazado de muerte en otro municipio caucano. La organización criminal dejó asentado en un panfleto que ya empezaron sus actividades de exterminio, que no descansarán hasta que Colombia “esté libre de comunistas” y que tenía 24 horas para irse.

#PueblosProgresista

Apoyemos la causa del pueblo de Puerto Rico Libre.

Órgano Constituyente Nacional-CRN

Sí a la toma del palacio de invierno (y cuarta parte final)

laclau

Continuación de Sí a la toma del palacio de invierno (tercera parte)

Aspiramos al socialismo, pero es obvio que, aunque hay muchos elementos a impulsar desde ya, el punto de partida de ese cambio profundo debería ser un escenario táctico de avances sociales similar a los relatados anteriormente. Pretender acelerar el ritmo de cambio, saltarse etapas, solo conlleva la ruptura con la mayoría social, que es el sujeto imprescindible de cualquier transformación real. (…) Las fuerzas que debemos derrotar no son, aquí y ahora, las bayonetas de ningún ejercito sino la convicción, hoy por hoy socialmente hegemónica, de que el sistema actual es el único posible (…)

La revolución en el actual contexto geográfico, histórico y político no puede entenderse como una violenta toma del poder o como un corto e intenso periodo de transformaciones radicales, sino como un proceso sostenido de lucha ideológica y cambios que desemboque en una inversión (revolución) de los objetivos de la política y la economía: poner la economía al servicio de las necesidades de la gente y no al revés. Es un proceso inicialmente de recuperación (o instauración) de la democracia, término que etimológicamente tiene ya de por sí el revolucionario significado de poder popular. Para después, en ese escenario de democracia radical, seguir avanzando hacia el socialismo.

Como ya se ha comentado en los anteriores artículos de esta serie, un escenario táctico que no está inserto en una estrategia de ruptura (que se tiene que teorizar, desarrollar y poner en práctica desde ahora mismo) se convierte en tacticismo y le imposibilita salir del reformismo no siendo objetivos tácticos de un plan estratégico revolucionario de largo calado sino que apenas supera las fronteras de la promesa o el oportunismo sin dirección.

Debido al contexto actual y a los pasos irreversibles dados por el capital en Europa, esos escenarios tácticos de recuperación de derechos son materialmente imposibles de lograr ya, a no ser que se realicen cambios estructurales y radicales al margen de la lógica del capitalismo. Pero no solo eso, sino que no tenerlo en cuenta en vez de dar cuerpo y fuerza al sujeto de cambio, lo que produce es un asentamiento de la lógica del capital en las masas y la desaparición de la perspectiva de ruptura rompiendo de cuajo el hilo entre objetivos tácticos y estratégicos y haciendo inconexo cualquier tipo de supuestas etapas, justamente lo que se dice promover.

El camino al socialismo es uno solo. Al igual que el camino a la independencia es uno solo. Tanto la independencia como el socialismo requieren de análisis estratégicos y vías en constante construcción nacional y social sin esperar a días mágicos o trampolines que llegarían supuestamente si se cuadran diversas estrellas en el cielo. Olvidar eso es hacer inconexa la lucha y crear compartimentos estancos, que no siguen una lógica.

Es completamente falso y supone un error de trágicas consecuencias para un movimiento el pensar que un proceso revolucionario per se, es algo que deja atrás a las masas y a las mayorías sociales saltándose etápas alegremente y por ello descartar un proceso revolucionario en espera a que las condiciones caigan del cielo. Porque precisamente cualquier proceso revolucionario, nunca en la historia ha sido cosa de un día sino producto de estrategias de largo alcance. Y es que es precisamente ese proceso revolucionario el que ha sido el que ha creado mediante su dialéctica y praxis las condiciones de su triunfo, no un movimiento unilateral que de repente de la nada crea un triunfo.

Por ello lo razonable es activar una estrategia revolucionaria, que tenga como objetivo el cambio radical, y en ese camino es donde entra en juego la táctica. Algo que es muy diferente a no llevar a cabo una estrategia revolucionaria de cambio radical y perderse en la táctica. Subir pequeños escalones indefinidamente creyendo que de esta manera en algún momento dado se llegará a algún tipo de meta o trampolín contradice  a toda la historia de la clase obrera y de los pueblos. No hay más que mirar a Euskal Herria porque esa ha sido la tesis histórica del PNV, afirmando que mediante el autonomismo se llega a la independencia. Claro que en realidad ni siquiera les importa. Es lo mismo que nos ha dicho la socialdemocracia también, que mejorando el capitalismo llegaríamos al socialismo. No hay más que echar un vistazo alrededor para darse cuenta del engaño.

En resumidas cuentas. Es posible una estrategia revolucionaria de cambio radical que acumule fuerzas, encuentre mayorías y tenga una praxis diversificada y táctica a diferentes niveles paralelamente que también acumulen fuerzas en un proceso polifacético al mismo tiempo. Eso es lo que crea un ritmo y una dirección y eso es lo que aumenta el grado de conciencia. Eso es lo que une táctica y estrategia. Lo contrario es poner en hibernación el cambio real, desarmar ideológicamente a la masa crítica y entregarse a una lógica de derrota antes de presentar batalla. Que muchos piensen que el sistema actual es el único posible no se contrarresta aceptándolo sino mostrando mediante la lucha ideológica, la praxis y el ejemplo que no es así.

Las fuerzas que debemos derrotar sí son, aquí y ahora, las bayonetas del ejercito, unas bayonetas cada día mas sofisticadas que se hunden hasta en lo más recóndito del corazón de la población. El verdugo de las mil caras lleva bayonetas. De muchos tipos. Todas cortantes. La lucha por la liberación nacional y social vasca tiene que derrotarlas. A las de los estados español y francés y a las del capital. Es la lucha de clases histórica, es la lucha de los pueblos por su soberanía. Aunque se quite la mirada de las bayonetas seguirán apuntando, seguirán clavándose, seguirán impidiendo, seguirán bloqueando y destruyendo. Ganar el corazón del pueblo es fundamental , igual de fundamental que ese mismo pueblo derrote a las bayonetas. Imaginar un proceso sin confrontación, imaginar una táctica sin estrategia, imaginar una reforma sin revolución son condimentos de una misma cosa. ¿Qué cosa? Bernstein y Laclau.

Empezaba hablando de Bernstein esta serie de artículos y voy a terminar por Laclau. ¿Por qué?. Porque absolutamente todo lo que se desprende del artículo de Iker está basado en las teorías de estas dos personas. De Bernstein ya hablamos largo y tendido así que ahora toca Laclau y su “democracia radical”.

Ernesto Laclau nació en 1935 en Argentina y murió en- Sevilla el 13 de abril de 2014. Fue un teórico político encuadrado en lo que por muchos es llamado pos-marxismo, aunque realmente sus teorías no tengan apenas relación con el marxismo ya que sus postulados parten del rechazo de las bases no ya del marxismo sino de la izquierda revolucionaria en general. A partir de la caída del muro de Berlín, aunque en un proceso de crisis que ya venía de antes, la izquiera revolucionaría entró en crisis y vino todo aquello del “fin de la historia” y de las “ideologías”, en ese contexto es donde se encuadran los postulados de Laclau. Cabe reseñar que precisamente en ese contexto de los 90 la izquierda abertzale en su teoría y praxis tenía muy superada esas modas ideológicas que estaban siendo impulsadas por la escuela de Laclau.

Digamos que en esos momentos y en sus previos el proceso de involución de la izquierda internacional se aceleró brutalmente hasta degeneraciones bastante desagradables tales como el eurocomunismo, el cambio de chaqueta de infinidad de partidos comunistas por la socialdemocracia capitalista, la fragmentación sistemática, el institucionalismo ciego, la aceptación del status-quo y el pacto con el capital. Otra parte de la izquierda revolucionaria que no se dejó domar se auto-momificó, abandonó la dialéctica y fue rematada sin compasión por el capital. Nos dijeron que la historia se había acabado.

Sin embargo, no en todas las partes del mundo el proceso de erosión, pese a afectar, logró imponerse finalmente. En América, pese al posmarxismo rampante, núcleos de resistencia populares y el ejemplo de Cuba han sido los valedores que han imposibilitado una derrota total y que hoy en día algunas esperanzas vayan surgiendo en el continente frente al imperialismo.

En Europa, mientras la izquierda revolucionaria se iba evaporando o empezando a cobrar cheques de los estados y el capital, hubo una izquierda revolucionaria de un pequeño pueblo que se quedó prácticamente aislada pero que fue imposible derrotarla y suprimir su influencia no afectándole esa crisis en alto grado y dando paso junto al movimiento popular a crear el mayor movimiento antisistémico de su entorno. ¿Sabemos de quién hablamos no?

Es curioso porque durante los 90, cuando estas ideas (ideología K,etc…)  se estaban generando, la izquierda abertzale las tenía muy superadas y es ahora en el 2015 (y algunos años hacia atrás) cuando sobre todo en el ámbito académico y ahora en parte del institucional aparecen. Ciertamente una involución en nuestro contexto.

Pero para saber exactamente qué es esto de la democracia radical (yfalsificaciones de la hegemonía gramnsciana, o conceptos inventados por Laclau como “significantes flotantes o vacíos, etc..) y muchos términos y acciones que probablemente muchos desconozcan que lejos de ser una supuesta reinvención actual de la izquierda son tesis de hace varias décadas y ya demostradas inoperantes en la práctica, voy a poner un texto de Atilio A. Boron escrito en los años 90, no sin antes volver a reescribir lo que ya hice hace 3 años. El no impulso de una teoría socialista vasca de carácter revolucionario que partiendo de la experiencia de la lucha generada en décadas y la propia  historia, cultura e idiosincracia vasca vaya dibujando el plano de la democracia socialista para Euskal Herria, el creer que ese esfuerzo teórico no sea necesario en la actual fase histórica del proceso de liberación o que sea incompatible con un proceso de acumulación de fuerzas soberanistas, no incrementar la formación política. Siendo la formación política es de las armas más poderosas del pueblo,la falta de “partidos de combate” u organizaciones socialistas revolucionarias. No puede haber unidad popular si falta esa pata…. todo ello abre espacio a que no haya una remasterización afilada de la izquierda revolucionaria.

Laclau o la consolidación del capitalismo y el desarme del campo popular

– El programa “posmarxista”
Los argumentos del posmarxismo
Contradicción social y lucha de clases en Marx
– Subordinación, opresión, dominación
La cuestión de la hegemonía
¿Renovación o liquidación del marxismo?
Crónica de una muerte anunciada
Un juego nada inocente:construir, deconstruir y reconstruir teorías
Liquidar la caricatura
Una estrategia socialista… ¡para consolidar el capitalismo!
Capitalismo, socialismo, democracia
Excursus final: las trampas de la coyuntura y el descenso a los infiernos del “posmarxismo”

El programa “posmarxista”

En reiteradas ocasiones, Laclau y Mouffe se preocuparon por señalar la naturaleza y el contenido teórico y práctico de su programa de fundación del “posmarxismo”. Previsiblemente, el punto de partida no podía ser otro que la crisis del marxismo. Pero, contrariamente a lo que sostienen muchos de los más enconados críticos de esta tradición que establecen la fecha de su presunta muerte en algun indefinido momento de la década del setenta, para nuestros autores “esta crisis, lejos de ser un fenómeno reciente, se enraiza en una serie de problemas con los que el marxismo se veía enfrentado desde la época de la Segunda Internacional” (1987 [b]: p. viii). El problema, en consecuencia, viene de muy lejos, y al explorar los textos de Laclau y Mouffe se llega a una asombrosa conclusión: en realidad, el marxismo estuvo siempre en crisis. Como veremos más abajo, la crisis se constituye en el momento mismo en que el joven prusiano y su acaudalado y culto amigo, Friedrich Engels, ajustaban cuentas con la filosofia clásica alemana en la apacible Bruselas de 1845 y estalla en mil pedazos cuando se forma la Segunda Internacional.

Si bien una tesis tan extrema como ésta se hallaba inscripta en “estado práctico” en algunos de los artículos que Laclau y Mouffe escribieran ya en la década del setenta, es en las Nuevas Reflexiones de Laclau cuando este diagnóstico se plantea en su total radicalidad. Por eso es que a estas alturas las resonancias del pensamiento de la derecha conservadora –Popper, Hayek, y otros por el estilo– son atronadoras, especialmente cuando Laclau sostiene, en consonancia con la premisa fundamental que inspira el diagnóstico de aquéllos, que la fatal ambigüedad del marxismo “no es una desviación a partir de una fuente impoluta, sino que domina la totalidad de la obra del propio Marx” (1993, p. 246)2. ¿De qué ambigüedad se trata? De la que yuxtapone una historia concebida como “racional y objetiva” –resultante de las contradicciones entre fuerzas productivas y relaciones de producción– a una historia dominada, según Laclau, por la negatividad y la contingencia, es decir, la lucha de clases. En su respuesta a la entrevista que le hiciera la revista Strategies, Laclau sostiene que “esta dualidad domina el conjunto de la obra de Marx, y porque lo que hoy tratamos de hacer es eliminar aquélla afirmando el carácter primario y constitutivo del antagonismo, ésto implica adoptar una posición posmarxista y no pasar a ser ´más marxistas’, como tú dices” (1993, p. 192).

Erradicar esta supuesta ambigüedad es pues un objetivo esencial y para ello Laclau está dispuesto a arrojar al niño junto con el agua sucia. Lo anterior supone postular algo que en la peculiarísima lectura que nuestro autor hace de los textos de Marx se encuentra ausente o, en el mejor de los casos, pobremente formulado: el “carácter primario y constitutivo del antagonismo” (Laclau, 1993, p. 192). Por eso su propuesta es tan sencilla como intransigente: ante una falencia tan inadmisible como ésta, que escamotea nada menos que el antagonismo constitutivo de lo social, se hace necesario… ¡subvertir las categorías del marxismo clásico! El hilo de Ariadna para coronar exitosamente esta subversión –dicen Laclau y Mouffe– se encuentra en la generalización de los fenómenos de “desarrollo desigual y combinado” en el tardocapitalismo y en el surgimiento de la “hegemonía” como una nueva lógica que hace posible pensar la constitución de los fragmentos sociales dislocados y dispersos a consecuencia del carácter desigual del desarrollo. Esta operación, no obstante, estaría condenada al fracaso si previamente no se arrojaran por la borda los vicios del esencialismo filosófico –y el inefable “reduccionismo clasista” que le acompaña; se desconociera el decisivo papel desempeñado por el lenguaje en la estructuración de las relaciones sociales; o si se decidiera avanzar en esta empresa sin antes “deconstruir” la categoría del sujeto (Laclau y Mouffe, 1987 [b]: pp. vii-viii).

Se comprenden así las razones por las cuales el concepto de hegemonía queda instalado en un sitial privilegiado del discurso de Laclau y Mouffe. En efecto, el mismo provee el instrumental teórico mediante el cual suturar, ficticiamente en el caso de nuestros autores, la caótica e infinita intertextualidad de discursos que constituyen lo social. La noción de hegemonía, ad usum Laclau y Mouffe, permite reconstituir, voluntarísticamente y desde el discurso, la unidad de la sociedad capitalista que se presenta, en sus múltiples reificaciones y fetichizaciones, como un kaleidoscopio en donde sus fragmentos, partes, estructuras, instituciones, organizaciones, agentes e individuos se entremezclan sólo obedeciendo el azar de la contingencia. Es por eso que la palabra “hegemonía” remite, en la teorización de Laclau y Mouffe, a un concepto no sólo distinto sino radicalmente antagónico del que fuera desarrollado por Antonio Gramsci a finales de la década del veinte. En su medular ensayo sobre el fundador del PCI, Perry Anderson reconstruyó la historia del concepto de hegemonía, desde sus oscuros orígenes en los debates de la socialdemocracia rusa hasta su florecimiento en los Cuadernos de la Cárcel del teórico italiano (1976-1977). La inserción de dicho concepto en la teoría social y política de Marx vino de alguna manera a complementar, en la esfera de las superestructuras complejas –la política y el estado, la cultura y las ideologías–, los análisis que habían quedado inconclusos en el capítulo 52 del tercer tomo de El Capital. Pero para nuestros autores, en cambio, la centralidad del concepto de “hegemonía” certificaría el carácter insalvable del hiato existente entre el marxismo clásico y el “posmarxismo”, puesto que según Laclau y Mouffe dicho concepto supuestamente remitiría a “una lógica de lo social que es incompatible” con las categorías del primero (1987[b]: p. 3 [subrayado en el original]). Así, (mal) entendida, la “hegemonía” es la construcción conceptual que habilita el tránsito del marxismo al “posmarxismo”. En sus propias palabras:

En este punto es necesario decirlo sin ambages: hoy nos encontramos ubicados en un terreno claramente posmarxista. Ni la concepción de la subjetividad y de las clases que el marxismo elaborara, ni su visión del curso histórico del desarrollo capitalista, ni, desde luego, la concepción del comunismo como sociedad transparente de la que habrían desaparecido los antagonismos, pueden seguirse manteniendo hoy (1987 [b]: p. 4).

No es un dato menor constatar que esta formulación surgida de la pluma de quienes se pretenden continuadores y reelaboradores del marxismo es más lapidaria que la que postula uno de los más conocidos exponentes del neoconservadurismo estadounidense, Irving Kristol. Para éste, la muerte del socialismo “tiene contornos trágicos” por cuanto conlleva la desaparición de un “consenso civilizado”, fundado en argumentos serios aunque inaceptables desde el punto de vista de la burguesía, en relación al funcionamiento del capitalismo liberal (1986, p. 137). Curiosamente, la condena de Laclau y Mouffe a los “errores” supuestamente incurables del marxismo es aún más terminante que la que encontramos nada menos que en la encíclica Centesimus Annus de Juan Pablo II, en donde éste reconoce –¡cosa que muy bien se cuidan de hacer nuestros autores!– las “semillas de verdad” contenidas en dicha teoría. En cambio, éstos se hallan más próximos a un coterráneo del papa Wojtila: nos referimos a Leszek Kolakowski, quien desde las posturas de una derecha reaccionaria que no pierde el tiempo con sutilezas argumentales ha fulminado al marxismo como “la mayor fantasía de nuestro siglo”, o una teoría que “en un sentido estricto fue un nonsense, y en un sentido lato un lugar común” (1981, vol. iii, pp. 523-524).

La simple comparación de estos diagnósticos tiene un propósito eminentemente pedagógico: ubicar con precisión el terreno ideológico sobre el cual se construye el gris edificio del “posmarxismo”, situado sin duda alguna a la derecha de Su Santidad y en compañía de la tardía reacción de la pequeña aristocracia polaca. Nace un interrogante: ¿es verosímil pensar que a partir de estas arcaicas bases ideológicas pueda gestarse una genuina “superación” del marxismo, suponiendo que la misma pudiese dirimirse en el terreno de las ideas y la retórica? Otro: ¿hay algunos “residuos” salvables, recuperables, del marxismo clásico? En caso afirmativo, ¿qué hacer con ellos y cuál es su destino? La respuesta de nuestros autores parece mucho menos inspirada en la tradición de la filosofía política occidental que en las metáforas del misticismo oriental. Tras las huellas de Buda, quien habría sentenciado que así como los cuatro ríos que desembocan en el Ganges pierden sus nombres en cuanto mezclan sus aguas con las del río sagrado, el futuro del arroyuelo marxista no puede ser otro que diluirse en el gran río sagrado de la “democracia radicalizada” […] “legando parte de sus conceptos, transformando o abandonando otros, y diluyéndose en la intertextualidad infinita de los discursos emancipatorios en la que la pluralidad de lo social se realiza” (Laclau y Mouffe, 1987 [b]: p. 5).

Los argumentos del posmarxismo

Llegados a este punto, parece conveniente examinar, con un poco más de detenimiento, los argumentos específicos que abonan este programa de liquidación del marxismo clásico –piadosamente denominado “deconstrucción” por Laclau y Mouffe– y su sustitución por una teoría de la “democracia radicalizada”. En esta sección analizaremos, en consecuencia, algunas de las principales justificaciones que según ellos fundamentan la necesidad de “subvertir” las categorías centrales del marxismo clásico.

Contradicción social y lucha de clases en Marx

El punto de partida de la crítica posmarxista se encuentra en la insalvable contradicción y ambigüedad que supuestamente desgarra la obra teórica de Karl Marx: por una parte, la visión brillantemente sintetizada en el “Prólogo” a la Contribución a la crítica de la economía política, y en la cual se establece que el movimiento histórico se produce como resultado de las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción; por la otra, la afirmación que hizo célebre al Manifiesto del Partido Comunista y que establece que la historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases. La tesis de Laclau y Mouffe, tan audaz como nebulosa, es que “la contradicción fuerzas productivas/relaciones de producción es una contradicción sin antagonismo”, mientras que “la lucha de clases es, por su parte, un antagonismo sin contradicción” (Laclau, 1993, p. 23).

¿Cómo comprender este verdadero acertijo, que se encuentra en la base de –digámoslo de una buena vez– la radical incomprensión que nuestros autores manifiestan en relación al marxismo clásico? A pesar de la pasión “deconstructivista” que los devora, a la hora de definir los conceptos centrales de su armazón teórica Laclau y Mouffe no aportan muchas ideas “claras y distintas”, como quería el bueno de Descartes. En todo caso, una mirada al conjunto de la obra de Laclau nos permite concluir que en su modelo teórico la contradicción no reposa en la naturaleza de las relaciones sociales –que, para evitar polémicas superfluas, digamos desde el inicio que siempre se manifiestan por medio de un lenguaje– sino que aquélla es una construcción meramente mental, una pura creación del discurso. Es por eso que al intentar reproducir como un concreto pensado el carácter contradictorio y la negatividad de lo real, la dialéctica se convierte ante los ojos de los posmarxistas en una rotunda superchería.

En efecto, aceptar que en la vida social lo real se presenta, como lo señalara Marx, como una “síntesis de múltiples determinaciones” o como la “unidad de los contrarios” es algo que sobrepasa irremediablemente los límites sumamente acotados y estériles de una tradición intelectual como la positivista, habituada a moverse en los confines estrechos y estériles de la lógica formal: existen el blanco y el negro, el día y la noche; no hay tonos grises y el crepúsculo y el alba son supersticiones propias de ignorantes (Kossik, 1967). Precisamente: esta obstinación por desconocer el carácter dialéctico de la realidad social que caracteriza al “posmarxismo” explica al menos en parte las razones por las que, al examinar el fenómeno del populismo, Laclau puede arribar a conclusiones tan espectaculares como la siguiente: “Se ve, así, por qué es posible calificar de populistas a la vez a Hitler, Mao o a Perón” (1978, p. 203). No hace falta ser un erudito en historia política comparada para apreciar el gigantesco desatino de cualquier conceptualización que coloque a Hitler, Mao y Perón en un mismo casillero teórico. Pero el pensamiento lineal y mecánico es muy mal consejero y es incapaz de dar cuenta de la historia real que, como es bien sabido, no se desenvuelve de acuerdo a sus cánones metodológicos.

Encerrado en sus propias premisas epistemológicas, la única escapatoria que le queda a Laclau para dar cuenta del carácter contradictorio de lo real –que estalla ante sus propios ojos– es postular que las contradicciones de la sociedad son meramente discursivas y que no están ancladas en la naturaleza objetiva (algo que no debe confundirse con el “objetivismo”) de las cosas. Conclusión interesante, si bien un tanto conservadora: las contradicciones del capitalismo se convierten, mediante la prestidigitación “posmarxista”, en simples problemas semánticos. Los fundamentos estructurales del conflicto social se volatilizan en la envolvente melodía del discurso, y de paso, en estos desdichados tiempos neoliberales, el capitalismo se legitima ante sus víctimas pues sus contradicciones sólo serían tales en la medida en que existan discursos que lacanianamente las hablen. La lucha de clases se convierte en un deplorable malentendu. No hay razones valederas que la justifiquen: ¡todo se reduce a un simple problema de comunicación!

Aún así, aceptemos provisoriamente el razonamiento de nuestro autor y preguntémosnos: ¿por qué no hay antagonismo en la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción? Respuesta: porque según Laclau el antagonismo supone un ámbito externo, factual y contingente, que nada tiene que ver con aquello que en la tradición marxista constituyen las “leyes de movimiento” de la sociedad. Veamos la forma en que Laclau plantea el caso:

Mostrar que las relaciones capitalistas de producción son intrínsecamente antagónicas implicaría, por lo tanto, demostrar que el antagonismo surge lógicamente de la relación entre el comprador y el vendedor de la fuerza de trabajo. Pero esto es exactamente lo que no puede demostrarse […] sólo si el obrero resiste esa extracción (de plusvalía) la relación pasa a ser antagónica; y no hay nada en la categoría de “vendedor de la fuerza de trabajo” que sugiera que esa resistencia es una conclusión lógica (1993, p. 25).

De donde Laclau concluye que:

En la medida en que se da un antagonismo entre el obrero y el capitalista, dicho antagonismo no es inherente a la relación de producción en cuanto tal sino que se da entre la relación de producción y algo que el agente es fuera de ella –por ejemplo, una baja de salarios niega la identidad del obrero en tanto que consumidor. Hay por lo tanto una “objetividad social” –la lógica de la ganancia– que niega otra objetividad –la identidad del consumidor. Pero si una identidad es negada, esto significa que su plena constitución como objetividad es imposible (1993, p. 33).

Tan preocupado está nuestro autor por combatir al “reduccionismo clasista” y los múltiples esencialismos del vulgo-marxismo que termina cayendo en la trampa del reduccionismo discursivo. En esta renovada versión, ahora sociológica, del idealismo trascendental –ciertamente pre-marxista, y no posmarxista, al menos cronológicamente hablando– el discurso se erige en la esencia última de lo real. El mundo exterior y objetivo se constituye a partir de su transformación en objeto de un discurso lógico que le infunde su soplo vital y que, de paso, devora y disuelve la conflictividad de lo real. La explotación capitalista ya no es resultado de la ley del valor y de la extracción de la plusvalía, sino que sólo se configura si el obrero la puede representar discursivamente o si, como decía Kautsky, alguien viene “desde afuera” y le inyecta en sus venas la conciencia de clase. La apropiación capitalista de la plusvalía, como proceso objetivo, no sería así suficiente para hablar de antagonismo o lucha de clases mientras los obreros no sean conscientes de ello, se rebelen y resistan esa exacción. Conviene agregar que nuestro autor pasa completamente por alto el examen de la diversidad de formas que puede asumir la rebelión y la resistencia de los explotados, algo difícil de entender dada la centralidad que estas categorías tienen en su argumento y la rica variedad de experiencias históricas disponibles para su análisis. Por otra parte, y tal como lo vemos en la segunda cita, lo que está en juego no es la producción de la riqueza social y la distribución de sus frutos, sino una nebulosa identidad obrera como consumidor –a la Ralph Nader– que se vería frustrada por el accionar de un empresario rapaz y prepotente.

No es ocioso recordar que estos temas habían sido ya abordados en los escritos del joven Marx sobre Proudhon y, por lo tanto, difícilmente puedan ser considerados como novedosas problemáticas originadas al calor de una significativa renovación en el terreno de la teoría. En efecto, para Marx el antagonismo era el rasgo decisivo de la contradicción entre el trabajo asalariado y el capital. Pero ésto de ningún modo significaba, en su interpretación, la conformación automática de la clase obrera como un “sujeto” preconstituido, o como una esencia eterna –y prescindente de todo discurso– predestinada por un capricho de la historia a redimir a la humanidad. No consideramos necesario, a esta altura de la historia, abrumar al lector con una secuencia interminables de citas en donde Marx problematiza precisamente el dificultoso tránsito de la “clase en sí” a la “clase para sí”. Por eso nos parece necesario evitar toda confusión entre Jean Calvin, y su teoría de la predestinación, y la construcción teórica de Marx. Precisamente, por no ser una suerte de “calvinista laico” Marx decía que:

La dominación del capital ha creado a esta masa una situación, intereses comunes. Así, pues, esta masa es ya una clase con respecto al capital, pero aún no es una clase para sí. Los intereses que defiende se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política (1970, p. 158; véase también Przeworski, 1985).

Pocos años más tarde, en El dieciocho brumario, Marx completaría esta idea diciendo que las condiciones objetivas de la “clase en sí” son sólo el punto de partida de un largo y complejo proceso de formación de la clase (que nada asegura vaya a culminar exitosamente) y para lo cual se requieren además, y como mínimo, una clara conciencia de sus intereses, una organización a nivel nacional que supere la fragmentación y dispersión de las luchas locales y un instrumento político capaz de guiar esa lucha (Marx y Engels, 1966, t. i, p. 318).

Estas ideas, que se reiteran a lo largo de medio siglo en innumerables textos de Marx y Engels, socavan los fundamentos de toda crítica al supuesto “determinismo” de la teoría marxista según el cual la constitución del proletariado asume un carácter automático e inevitable. Cabe entonces preguntarse: ¿quién es el verdadero adversario contra el cual están debatiendo Laclau y Mouffe?

(…)

Subordinación, opresión, dominación

En todo caso, y retomando el hilo de nuestra argumentación, nos parece que la clave para descifrar el atolladero conceptual en que caen Laclau y Mouffe se halla en el último capítulo de Hegemonía y estrategia socialista, pues es precisamente allí donde se produce un deslizamiento de decisiva importancia teórica al aparecer como expresión de la conflictualidad de lo social el concepto de “subordinación”. Es más, cuando nuestros autores examinan las condiciones bajo las cuales la subordinación se convierte en “una relación de opresión y se torna, por tanto, la sede de un antagonismo” comienzan a advertirse con claridad algunos de los problemas teóricos que socavan el ambicioso pero gris edificio construido por Laclau y Mouffe (1987 [b]: p. 172). Llegados a este punto, los autores afirman la necesidad de distinguir entre relaciones de “subordinación”, de “opresión” y de “dominación”. Veamos esto en más detalle.

Existiría “subordinación” cuando “un agente está sometido a las decisiones de otro –un empleado respecto a un empleador, por ejemplo, en ciertas formas de organizacion familiar, la mujer respecto al hombre, etc.”. Las relaciones de “opresión”, a su vez, son un subtipo dentro de las primeras y su especificidad radica en el hecho que “se han transformado en sedes de antagonismos”. Finalmente, las relaciones de “dominación” son el conjunto de relaciones de subordinación consideradas ilegítimas desde la perspectiva de un agente social exterior a las mismas y que pueden “por tanto, coincidir o no con las relaciones de opresión actualmente existentes en una formación social determinada” (1987 [b]: p. 172).

El problema central, a juicio de Laclau y Mouffe, es determinar de qué modo las relaciones de subordinación pueden dar lugar a relaciones de opresión. Dado el carácter crucial de este pasaje conviene reproducirlo en toda su extensión:

Está claro por qué las relaciones de subordinación, consideradas en sí mismas, no pueden ser relaciones antagónicas: porque una relación de subordinación establece, simplemente, un conjunto de posiciones diferenciadas entre agentes sociales, y ya sabemos que un sistema de diferencias que construye a toda identidad social como positividad no sólo no puede ser antagónico, sino que habría reunido las condiciones ideales para la eliminación de todo antagonismo –estaríamos enfrentados con un espacio social suturado del que toda equivalencia quedaría excluida. Es sólo en la medida en que es subvertido el carácter diferencial positivo de una posición subordinada de sujeto, que el antagonismo podrá emerger. “Siervo”, “esclavo”, etc. no designan en sí mismos posiciones antagónicas; es sólo en términos de una formación discursiva distinta, tal como, por ejemplo, “derechos inherentes a todo ser humano” que la positividad diferencial de esas categorías puede ser subvertida y la subordinación construida como opresión (1987 [b]: pp. 172-173).

Este planteamiento suscita múltiples interrogantes. En primer lugar, llama poderosamente la atención el vigoroso idealismo que impregna un discurso en el cual el antagonismo y la opresión de siervos y esclavos depende de la existencia una ideología que los racionalice y que lacanianamente los “ponga en palabras”. Si esto es así, los esclavos del mundo antiguo y los siervos de la gleba medieval aparentemente deben de haber ignorado que su “subordinación” a amos y señores encubría una relación de antagonismo, hasta el afortunado momento en que un aparato discursivo (¿el cristianismo, la Ilustración?) les reveló que sus condiciones de existencia eran miserables y opresivas y que se hallaban inmersos en una situación de enfrentamiento objetivo con sus explotadores. Sin embargo, la historia no registra demasiados casos de esclavos y siervos beatíficamente satisfechos con el orden social imperante: de un modo u otro, ellos tenían algún grado de conciencia acerca de su situación y siempre hubo alguna forma de discurso que se hizo cargo de justificar su conformismo y sumisión, o bien, por el contrario, de atizar las llamas de la rebelión. La consecuencia del planteamiento de Laclau y Mouffe es que sólo hay explotación cuando existe un discurso explícito que la desnuda ante los ojos de las víctimas. Engels notaba con agudeza que las luchas campesinas en la Alemania de la época de Lutero “aparecían” como un conflicto religioso en torno a la Reforma y la sujeción a Roma, desligadas por completo de la opresión terrenal que los príncipes y la aristocracia terrateniente ejercían sobre sus súbditos. Sin embargo, continúa Engels, aquéllas eran el síntoma en donde se manifestaban precisamente esos antagonismos clasistas que la descomposición del orden feudal no hacía sino exacerbar, y si los campesinos abrazaban la causa de la rebelión lo hacían menos en virtud de las 95 tesis clavadas por el monje agustino en la puerta de la Catedral de Wittenberg que por la explotación a que eran sometidos por la nobleza alemana (1926, cap. 2).

En todo caso, si admitimos como válida la formulación de Laclau y Mouffe debemos también aceptar que antes de ese momento primigenio y enigmático signado por la aparición del discurso lo que parecería imperar en las sociedades clasistas era la serena gramática de la subordinación. ¿Cómo comprender, entonces, la milenaria historia de rebeliones, revueltas e insurrecciones protagonizadas por siervos y esclavos muchísimo antes de la aparición de sofisticados argumentos en favor de la igualdad –fundamentalmente en el Siglo de las Luces– o convocando a la subversión del orden social? Parece necesario volver a distinguir, tal como lo hiciera el joven Marx, entre las condiciones de existencia de una clase “en sí” y los discursos ideológicos que, con distintos grados de adecuación, exponen ante sus ojos el carácter objetivo de su explotación y le permiten convertirse en una clase “para sí”. Aún el lector menos informado sabe que la historia de las rebeliones populares es muchísimo más larga que la de los discursos y doctrinas socialistas y/o igualitaristas. El generalizado sentimiento –difuso y, muchas veces, apenas oscuramente presentido– de la injusticia ha acompañado la historia de la sociedad humana desde tiempos inmemoriales. Tal vez Laclau y Mouffe hubieran podido plantear mejor el problema que los ocupa si hubieran tenido en cuenta aquellas sabias palabras de Barrington Moore –un autor cuya afinidad con el pensamiento marxista es innegable– cuando dice que:

Durante las turbulencias sociales de los sesentas y comienzos de los setentas se publicó en Estados Unidos un cierto número de libros con variaciones en torno al título de ¿Por qué los hombres se rebelan? El énfasis de este capítulo será exactamente el opuesto: hablaremos de por qué los hombres y mujeres no se lanzan por el camino de la revuelta social. Dicho en términos groseros, la pregunta central será la siguiente: ¿qué debe ocurrirle a los seres humanos para que se sometan a la opresión y la degradación? (1978, p. 49).

Dicho de otra forma, la distinción entre subordinación y opresión/antagonismo tiene un sesgo formal que, en gran medida, obnubila y extravía el análisis concreto del funcionamiento de las relaciones de subordinación en las sociedades “realmente existentes” y no en aquellas que sólo existen en la rebuscada imaginación de los “posmarxistas”. Porque, como bien lo recuerda Moore, no existe la subordinación sin su contracara, la rebelión, aunque ésta se exprese de modo primitivo y mediatizado, desplazada hacia esferas celestiales aparentemente disociadas de la sórdida materialidad de la sociedad civil. Es precisamente el pertinaz desconocimiento de esta elemental realidad lo que lleva a nuestros autores a sostener que “Nuestra tesis es que sólo a partir del momento en que el discurso democrático está disponible para articular las diversas formas de resistencia a la subordinación, existirán las condiciones que harán posible la lucha contra los diferentes tipos de desigualdad” (Laclau y Mouffe, 1987 [b]: p. 173).

Dado que dicho discurso fue elaborado apenas a partir del siglo xviii, ¿cómo comprender el desarrollo histórico de las luchas sociales desde la Antigüedad Clásica hasta el Siglo de las Luces? ¿O será tal vez que no hubo lucha alguna contra “los diferentes tipos de desigualdad” hasta el momento en que Jean-Jacques Rousseau publicara su célebre Discours sur l’origine et les fondements de l’inegalité parmi les hommes en 1755? Las crónicas historiográficas parecerían indicar que no fue ése precisamente el caso, y que desde la más remota antigüedad hay evidencias incontrovertibles de luchas y rebeliones populares en contra de la así llamada “subordinación”.

Por otra parte, nos parece que conviene subrayar el indudable “aire de familia” que el argumento de Laclau y Mouffe guarda en relación a algunas de las expresiones más claras del funcionalismo norteamericano, en especial con la obra de Kingsley Davis y Wilbert E. Moore sobre la estratificación social y las concepciones de Talcott Parsons sobre el “sistema social”. Para los primeros, la estratificación social es un mero imperativo técnico, mediante el cual “la sociedad, como mecanismo funcionante, debe distribuir de algún modo a sus miembros en posiciones sociales e inducirlos a realizar las tareas inherentes a esas posiciones” (1974, p. 97).

No hay lugar –como tampoco lo hay en el esquema teórico de Laclau y Mouffe– para pensar en la posibilidad de que esa aparentemente inocente “distribución de tareas” pueda depender de la existencia de un sistema de relaciones sociales que establece (y no ciertamente por criterios y procedimientos democráticos, o por la eficacia persuasiva del discurso dominante sino mediante recursos opresivos y explotativos) quién produce qué, cómo y cuándo, y qué parte le corresponde del producto social3.

Las semejanzas entre la concepción de Laclau y Mouffe y la de Talcott Parsons, cuyos sesgos conservadores y apologéticos de la sociedad capitalista son suficientemente conocidos, son más pronunciadas todavía. La porfiada insistencia de nuestros autores en el sentido de que las relaciones de subordinación, en su positividad, no pueden ser antagónicas, es coincidente con la concepción parsoniana que concibe el orden social a partir de la preeminencia de un sólido consenso de valores. En la peculiar visión del sociólogo de Harvard el disenso y las contradicciones sólo pueden ser descifradas como “patologías sociales” producto de fallas en el proceso de socialización o de rupturas en las cadenas semánticas que impiden que la gente se comprenda y se lance a la arena del conflicto social.

En efecto, a la clásica pregunta hobbesiana acerca de cómo es posible el orden social, Parsons responde apuntando al sistema simbólico: el orden es posible porque existe un acuerdo sobre valores fundamentales. El conflicto, aún siendo “endémico” –como decía Parsons en una reveladora metáfora médica– es siempre marginal y para nada compromete la estructura básica del sistema. Como es bien sabido, este enfoque ha sido criticado no sólo por autores marxistas que señalaron las insanables limitaciones de una teoría que no sólo “evapora” las clases sociales, el conflicto social y los fundamentos estructurales de la vida social sino que, asimismo, postula una inadmisible fragmentación de la totalidad social en una multiplicidad de compartimientos estancos –los famosos “sub-sistemas” parsonianos: la economía, la política, la cultura, la familia, etc.– funcionando con total independencia unos de otros. La “gran teoría” de Parsons, como la denominara C. W. Mills, también fue severamente cuestionada por autores de inspiración liberal como Ralf Dahrendorf, quien desde finales de los años cincuenta identificó con notable precisión las insuperables limitaciones y el incurable irrealismo de un esquema que –en sus rasgos fundamentales, si bien expresado con un lenguaje distinto– reaparece ahora en la obra de Laclau y Mouffe4.

En síntesis, según Parsons, la sociedad (capitalista y desarrollada, se sobreentiende, pues ése y no otro es el paradigma que orienta todas sus reflexiones) se halla perfectamente integrada y sólo la presencia de un agente externo –el “villano” al cual se refiere Dahrendorf, introductor del virus de la discordia en la utópica sociedad parsoniana, o quizás el nebuloso “exterior discursivo” de Laclau y Mouffe– puede hacer que la natural y consensuada subordinación de las mayorías al dominio de la clase dirigente sea sustituida por un antagonismo. La misma crítica que a finales de los años cincuenta Dahrendorf formulara a Parsons –una sociedad fantasiosamente “sobre-integrada”, en la cual el conflicto está ausente y cuando ocasionalmente aparece es por obra de un factor externo– es pertinente para el modelo teórico desarrollado por Laclau y Mouffe. Sólo que ahora el papel del “villano”, reservado en la teorización parsoniana a ciertos grupos imperfectamente socializados como los “extremistas” de diverso signo y los enemigos de la propiedad privada y el American Way of Life, lo pasa a desempeñar en la propuesta de nuestros autores el “exterior discursivo”. Se ratifica de este modo el carácter externo y “contingente” del antagonismo y el conflicto en una formación social dominada, como afirman Laclau y Mouffe, por la lógica de la positividad (1987 [b]: pp. 172-173).

A lo anterior habría que agregar también la insistencia, de filiación claramente weberiana, en concebir la “acción social” o las relaciones sociales en un aislamiento tan espléndido como ilusorio, independizadas de sus marcos estructurales y determinaciones fundamentales. El corolario de esta verdadera “toma de partido” es que la sociedad se convierte en un mero constructo metodológico, un artefacto resultante de reintegrar arbitrariamente, por el capricho del pensamiento, un complejo entramado de categorías analíticas potencialmente combinables en una variedad infinita de formas. El “hilo de Ariadna”, al cual aluden Laclau y Mouffe, culmina previsiblemente arrojando un piadoso manto de olvido sobre el fenómeno de la explotación en las sociedades de clase –capitalistas o precapitalistas por igual–, que así desaparece como por arte de magia del paisaje social, cediendo su lugar a una aséptica “subordinación” que a todos iguala en su encubridora abstracción. La sólida naturaleza explotativa de las relaciones sociales en las sociedades clasistas se disuelve rápidamente en el aire diáfano del nuevo reduccionismo discursivo, con lo cual –¡y como si fuera un detalle intrascendente!– la crítica al capitalismo se convierte en un asunto adjetivo y ocasional y la lucha por el socialismo, cuya estrategia supuestamente debía esbozarse en la obra de nuestros autores, se volatiliza hasta atomizarse por completo en los estériles meandros de un discurso insípido sobre una insabora democracia radical. Se regresa, de este modo, a los planteamientos clásicos de Weber que, a pesar de no haber sido citado en Hegemonía y estrategia socialista (al igual que Parsons) proyecta todo el formidable peso de su teorización sobre las supuestamente novedosas reconstrucciones teóricas del “posmarxismo”.

En realidad, el ocultamiento de la opresión clasista detrás de una concepción extraordinariamente abstracta de la “acción social” es una operación que el autor de Economía y sociedad había ya concluido mucho antes que Laclau y Mouffe hubieran nacido. Es el mismo vino viejo pero volcado en los nuevos odres del “posmarxismo”: si hay explotación, ésta seguramente obedecerá a contingencias puntuales, muy probablemente transitorias que, tal como dijera Weber, nada tienen que ver con la estructuración compleja e indeterminada del capitalismo moderno. La especificidad de éste también se diluye mientras, por la vía contraria, se avala la idea de que en realidad este tardocapitalismo de finales del siglo xx es, como dice Fukuyama, la sociedad del “fin de la historia”. O, como postulaba Parsons tras las huellas de Durkheim, el punto final en el doloroso y milenario tránsito desde la horda primitiva hacia la sociedad moderna.

Del marxismo, concebido como el análisis concreto de las totalidades concretas, se pasa a una pseudototalidad indiferenciada, meramente expresiva e invertebrada, en donde la estructuración de lo social es resultado de una enigmática operacion discursiva… hecha por la potencia creadora del Lenguaje o descubierta, como en Weber, por la perspicacia de los elaboradores de heurísticos “tipos ideales”. En realidad, el “posmarxismo” de Laclau y Mouffe se parece demasiado a una tardía reelaboración de la sociología parsoniana de los años cincuenta, sólo que con una envoltura diferente. ¿Será ésta la tan mentada “superación” del marxismo de la cual hablan nuestros autores?

La cuestión de la hegemonía

A partir de los planteamientos anteriores se comprende la centralidad que asume la cuestión de la hegemonía en el modelo teórico de Laclau y Mouffe: se trata nada menos que del instrumento que les permite reconstruir a su antojo la fragmentación ilusoria de lo social, de suerte tal que un discurso sobre la sociedad sea inteligible. Tal como era de esperar habida cuenta del itinerario de sus razonamientos, la concepción de la hegemonía a la que arriban Laclau y Mouffe se instala muy lejos de las fronteras que definen y caracterizan al marxismo como una teoría claramente diferenciable y delimitable en el campo de las ciencias sociales. Esto, en sí mismo, nada tiene de malo o de censurable: otros autores han utilizado la palabra “hegemonía” en un sentido que poco o nada tiene que ver con el marxismo, dando pie a una interesante discusión teórica y a un esclarecedor cotejo de potencialidades explicativas (Keohane, 1987; Nye, 1990)5. Lo que introduce un elemento inaceptable de confusión –y recordemos con Bacon que toda ciencia progresa a partir del error y no de la confusión– es el hecho de que Laclau y Mouffe pretendan referir los frutos de su idiosincrática teorización sobre la hegemonía a un añoso tronco, el marxismo, que a estas alturas les es completamente ajeno. Vayamos al grano.

En efecto, para nuestros autores la hegemonía es una vaporosa “superficie discursiva” cuya relación con la teoría marxista se plantea en estos términos:

Nuestra conclusión básica al respecto es la siguiente: detrás del concepto de “hegemonía” se esconde algo más que un tipo de relación política complementario de las categorías básicas de la teoría marxista; con él se introduce, en efecto, una lógica de lo social que es incompatible con éstas últimas (1987 [b]: p. 3 [subrayado en el original]).

La conclusión implícita de este razonamiento –en realidad una mera ocurrencia– es que Gramsci no entendió nada, que no tuvo la menor idea de la verdadera naturaleza de la relación entre las categorías que estaba forjando –que él equivocadamente creía que pertenecían a la tradición marxista– y las que habían creado Marx y Engels, y que el conjunto de su teorización, que giraba en torno al concepto crucial de hegemonía, en realidad aludía a una lógica de lo social que era incompatible con la que postulaban Marx y Engels. No hace falta ser un “marxólogo” o “gramsciólogo” diplomado para caer en la cuenta de lo descabellado de esta interpretación.

Es precisamente por eso que no se comprenden las razones por las cuales Laclau y Mouffe refieren permanentemente sus elaboraciones a un aparato teórico y conceptual como el marxismo, que postula una lógica de lo social irreconciliable con la que brota de sus peculiares reelaboraciones argumentativas. Si esto es así, el status epistemológico del famoso “posmarxismo” se reduce a un dato banal: los límites entre el marxismo y el “posmarxismo” estarían trazados por consideraciones burdamente cronológicas. Tal vez en el campo minado de las ciencias sociales ésto no suene demasiado absurdo, pero sin duda que en la física a nadie se le ocurriría aplicar a un modelo teórico el calificativo de “posteinsteiniano” por el sólo hecho de haber sido desarrollado con posterioridad a Einstein, y muy especialmente si estas contribuciones abjuran con entusiasmo de las premisas centrales de la teoría de la relatividad y postulan un modelo interpretativo antagónico al de aquél. En este caso el prefijo “pos” remitiría a un dato pueril: la mera sucesión temporal. De este modo el “pos” oculta que se trata en realidad de una ruptura y un abandono, en vez de ser la continuidad –renovada, crítica, creativa– de un proyecto teórico. Esto quedó claramente expresado en la entrevista que la revista Strategies le hiciera a Ernesto Laclau en marzo de 1988, ocasión en la cual éste reafirmó que la categoría de “hegemonía” equivale a un “punto de partida de un discurso ‘posmarxista’ en el seno del marxismo”, y que permite pensar a lo social como resultado de “la articulación contingente de elementos en torno de ciertas configuraciones sociales –bloques históricos– que no pueden ser predeterminadas por ninguna filosofía de la historia y que está esencialmente ligada a las luchas concretas de los agentes sociales” (1993, p. 194).

Estamos pues en presencia de un discurso neoestructuralista que recupera la crítica de Althusser a propósito de la “eficacia específica” de la superestructura, pero lo hace asumiendo el núcleo fundamental (y no sólo su revalorización de los elementos superestructurales) de la propuesta althusseriana sobre la ideología. Ésta es, en la interpretación del autor de La revolucion teórica de Marx, una “práctica productora de sujetos”, con lo cual se sientan las bases para una relectura en clave idealista del marxismo que se presenta, sin embargo, con los ropajes de una supuesta renovación “antirreduccionista” o, en los últimos trabajos de Laclau, como el manifiesto liminar del “posmarxismo”. En su formulación positiva, esta posición se expresa en la “reivindicación” de la temática gramsciana de la hegemonía entendida, claro está, desde la concepción althusseriana de la ideología que obliga a imaginar un Gramsci que, en realidad, sólo existe en las cabezas de Laclau y Mouffe.

En efecto, ¿de qué Gramsci se trata? De un Gramsci que, como correctamente anota Laclau, considera a la ideología no como un sistema de ideas o la falsa conciencia de los actores sino como un “todo orgánico y relacional, encarnado en aparatos e instituciones que suelda en torno a ciertos principios articulatorios básicos la unidad de un bloque histórico”, con lo cual se cierra la posibilidad de una visión “superestructuralista” de la cultura y la ideología. Donde Laclau y Mouffe se equivocan, sin embargo, es en su apreciación de que en Gramsci los sujetos políticos se difuminan en enigmáticas voluntades colectivas y en su negación del hecho de que los “elementos ideológicos articulados por la clase hegemónica” tengan una pertenencia de clase necesaria (Laclau y Mouffe, 1987 [b]: p. 78).

Es precisamente por ésto que, un par de páginas después, ambos autores muestran su desazón ante la persistencia del marxismo de Gramsci, para quien todo discurso hegemónico siempre remite –aunque sea a través de una larga cadena de mediaciones– a una clase fundamental. Este “núcleo duro” del pensamiento del fundador del PCI constituye un obstáculo insalvable para las pretensiones del posmarxismo, por cuanto el axioma idealista de la indeterminación de lo social –o mejor, de su azarosa y contingente determinación por el discurso– se estrella contra lo que con llamativa soberbia denominan una concepción “incoherente” de Antonio Gramsci, puesto que:

vemos que hay dos principios del orden social –la unicidad del principio unificante y su carácter necesario de clase– que no son el resultado contingente de la lucha hegemónica, sino el marco estructural necesario dentro del cual toda lucha hegemónica tiene lugar. Es decir, que la hegemonía de la clase no es enteramente práctica y resultante de la lucha, sino que tiene en su última instancia un fundamento ontológico. […] La lucha política sigue siendo, finalmente, un juego suma-cero entre las clases (Laclau y Mouffe, 1987 [b]: p. 80).

Sería largo tratar de dibujar el abismo insalvable que separa la concepción marxista de la hegemonía con la que caracteriza a la obra de Laclau y Mouffe6. Recordemos que para el italiano la hegemonía tenía un fundamento clasista y se arraigaba fuertemente en el suelo de la vida material. No es la religión quien hace a los hombres, ni son los discursos hegemónicos quienes crean los sujetos de la historia. Por cierto que, para Gramsci, la aparición de la hegemonía no es automática ni se deriva mecánicamente del desarrollo de las fuerzas productivas. Es bien conocido el hecho de que la constitución del proletariado en fuerza social autónoma y consciente es un proceso, largo, complicado y dialéctico. Es la práctica histórica de la lucha de clases la que permite transitar ese ancho espacio que divide la clase “en sí” de la clase “para sí”, y en esta transición no hay nada mecánico ni predestinado; y antes de la constitución autónoma del proletariado como fuerza social es impensable cualquier intento de fundar un proyecto contra-hegemónico al de la burguesía.

Contrariamente a lo que se plantea en las formulaciones “posmarxistas”, Gramsci nunca dejó de señalar el firme anclaje de la hegemonía en el reino de la producción. Con una sensibilidad que lo aleja del riesgo de cualquier reduccionismo sostenía que “si la hegemonía es ético-política no puede no ser también económica, no puede no tener su fundamento en la función decisiva que ejerce el grupo dirigente en el núcleo decisivo de la actividad económica” (1966, p. 31 [la traducción es nuestra]).

La hegemonía, diría también Gramsci en otro de sus escritos, es liderazgo político y “dirección intelectual y moral”, pero esta supremacía no es aleatoria sino que, en sus propias palabras “nace de la fábrica”. Surge en el terreno originario de la producción y es allí donde se encuentra su raíz, aun cuando para su pleno desarrollo debe necesariamente trascender las fronteras de su espacio primigenio. Y en el mundo de la producción hasta Weber coincide con Marx en afirmar que nos encontramos con las clases sociales. Es por eso que la hegemonía de una clase, y el bloque histórico que sobre ésta se pretenda fundar, se enfrenta en su materialización con límites impuestos por las condiciones económicas, sin que esto signifique, por cierto, concebir esta restricción en un sentido determinista, absoluto y exclusivo, es decir, “reduccionista”. Como vemos, la concepción gramsciana nada tiene que ver con el economicismo ni, menos aún, con el idealismo de aquellas concepciones según las cuales el discurso inventa sus propios “soportes terrenales”. No negamos que el problema de la hegemonía pueda –aún equivocadamente– plantearse en esos términos. Creemos, sin embargo, (a) que éste no es un modo adecuado de encarar el asunto, toda vez que peca de una inadmisible unilateralidad; (b) que un abordaje de este tipo se sitúa más allá de los límites del materialismo histórico y que, por consiguiente, resulta una operación imposible de fundamentar acudiendo al rico y fecundo legado gramsciano.

Esta “deconstrucción posmarxista” de la hegemonía cierra su círculo con una mistificación absoluta del concepto, y en cuanto tal sufre de los mismos defectos que el joven Marx advirtiera en el idealismo hegeliano. Por eso es que nos parece pertinente recordar sus palabras:

Hegel adjudica una existencia independiente a los predicados, a los objetos. […] El sujeto real aparece después, como resultado, en tanto que hay que partir del sujeto real y considerar su objetivación. La sustancia mística llega a ser, pues, sujeto real, y el sujeto real aparece como distinto, como un momento de la sustancia mística. Precisamente porque Hegel parte de los predicados de la determinación general en lugar de partir del ser real [sujeto], y como necesita, sin embargo, un soporte para esas determinaciones, la idea mística viene a ser el soporte (Marx, 1968: p. 33).

Para resumir, la “renovación posmarxista” de la teoría de la hegemonía tiene mucho más en común con el idealismo hegeliano que con la teoría marxista. En cuanto tal, se limita a recortar caprichosamente ciertos aspectos parciales y descontextualizados de la temática gramsciana, los cuales son reinterpretados en clave idealista para así fundamentar una concepción de lo social que se halla en las antípodas del marxismo y que, lejos de ser su superación, implica un gigantesco salto hacia atrás, a las concepciones hegelianas sobre el Estado y la política. Laclau y Mouffe están en lo cierto al propiciar, al igual que numerosos teóricos marxistas, una radical revalorizacion del crucial papel que le caben a la ideología y a la cultura, asuntos por los cuales el marxismo vulgar ha demostrado un injustificable desprecio. Sin embargo, su tentativa naufraga en los arrecifes de un “nuevo reduccionismo” cuando su crítica al esencialismo clasista y al economicismo del marxismo de la Segunda y la Tercera Internacionales remata en la exaltación de lo discursivo como un nuevo y hegeliano deus ex machina de la historia. Para su desgracia, no hay un reduccionismo “bueno” y otro “malo”; no existe el reduccionismo virtuoso –no esencialista, no economicista– capaz de conjurar los males ocasionados por su gemelo vicioso.

¿Renovación o liquidación del marxismo?

A lo largo de toda su obra, Laclau se ha reconocido “dentro” del marxismo. A esta altura de su trayectoria intelectual, y teniendo a la vista las extravagantes conclusiones a las que llega su pensamiento, es legítimo preguntarse acerca del “lugar teórico” donde efectivamente se encuentra parado. En este sentido, la crítica que formulara Agustín Cueva a los “posmarxistas” latinoamericanos conserva en el caso de Laclau toda su pertinencia. Decía aquél que con la expresión “posmarxista” se quería transmitir la equívoca impresión de un corpus teórico que era a la vez continuador y superador del legado de Marx, cuando en realidad este calificativo resume la producción de un conjunto de autores que alguna vez habían sido marxistas pero que ya no lo eran más. En este sentido, concluía Cueva, el “posmarxismo” debería en rigor denominarse “ex marxismo” (1988, p. 85).

Crónica de una muerte anunciada

Sin embargo, es obvio que Laclau no cede posiciones muy fácilmente. Pese a que sus contradicciones con el pensamiento de Marx son flagrantes y sus diferencias insalvables, persiste empecinadamente en referenciar sus construcciones conceptuales en la obra del autor de El capital. En un acto de aberrante necrofilia intelectual extiende un nuevo “certificado de defunción” del marxismo para luego afirmar, sin falsos escrúpulos ni remordimientos, que se ha quedado con los mejores despojos del difunto. Según sus propias palabras “yo no he rechazado al marxismo. Lo que ha ocurrido es muy diferente, y es que el marxismo se ha desintegrado y creo que me estoy quedando con sus mejores fragmentos” (Laclau, 1993, p. 211).

Ante lo temerario de esta afirmación cabe formular dos observaciones. Primero, sobre la “desintegración” del marxismo, asimilada por Laclau a la implosión de la URSS y al colapso del bloque de las así llamadas “democracias populares” del Este europeo. Cualquier historiador de las ideas podría rebatir su aseveración apuntando, por un lado, a la “autonomía relativa” de los sistemas de pensamiento en relación con sus fundamentos estructurales. No deja de ser paradojal que un autor como Laclau, obsesionado por la miseria del reduccionismo, caiga en un razonamiento tan groseramente reduccionista como los que ha combatido con fiereza en sus adversarios. La grandeza de la filosofía griega no se derrumbó con la decadencia de Atenas; el cristianismo sobrevivió primero a la caída del Imperio Romano, que lo había proclamado su “religión oficial”, y más tarde a la descomposición del orden feudal que había colaborado en sacralizar; y el liberalismo no sucumbió pese a las dramáticas transformaciones experimentadas por la sociedad burguesa desde la segunda mitad del siglo xvii. ¿Por qué el marxismo habría de ser la excepción? ¿Por el colapso de la Unión Soviética? No parece un argumento serio, digno de ser esgrimido por quien se autoproclama como el heredero de los mejores fragmentos de la obra de Marx. Podríamos reconocer, sin duda alguna, que el derrumbe del sistema de relaciones sociales sobre los cuales reposan los distintos productos culturales, desde el arte hasta la filosofía, modifican en parte su carácter y su función social. Pero de ahí a pregonar su “desintegración” o su desaparición hay un largo trecho. Previamente habría que demostrar, claro, que el marxismo como ciencia y como filosofía era una criatura engendrada por la revolución de Octubre y que sólo sobreviviría como un parásito cultural del régimen soviético. Por supuesto que estas elementalísimas consideraciones no fueron ni siquiera contempladas por nuestro autor.

En segunda instancia, Laclau parecería ignorar que el marxismo como corpus teórico ya ha dado muestras de su capacidad para sobreponerse a las atrocidades y bancarrota de los regímenes políticos y partidos que se fundaron en su nombre. Es más, en el plano de la teoría social se ha producido un saludable despertar del interés por las ideas de la tradición marxista, cosa que ya se ha hecho evidente especialmente en el mundo anglosajón, en partes de Europa occidental y, en menor medida, en América Latina. Esto se refleja, entre otras cosas, en el número creciente de cátedras, estudios, revistas y publicaciones dedicadas al tema, algo embarazoso para quienes, como Laclau, se empeñaron en anunciar la muerte del marxismo. En la conferencia inaugural que Eric Hobsbawm pronunciara en el encuentro internacional reunido en mayo de 1998 en París, para conmemorar el sesquicentenario de la publicación del El Manifiesto Comunista, el historiador británico sostuvo que la inusitada repercusión mundial de dicha celebración –reflejada en publicaciones masivas tan poco propensas a exaltar los méritos o la validez del marxismo como la revista New Yorker o los periódicos The New York Times o Los Angeles Times– hubiera sido simplemente impensable hace menos de diez años atrás, cuando los fragores del derrumbe del Muro de Berlín hicieron que muchos creyeran que bajo sus escombros yacía no sólo el “socialismo realmente existente” sino también el marxismo como teoría social. Laclau y Mouffe se cuentan ciertamente entre aquellos que confundieron al marxismo con el estalinismo. En todo caso, las ambigüedades y las incertidumbres generadas por tan temeraria identificación retornan por la puerta trasera del “posmarxismo” cuando Laclau no cesa de referirse obsesivamente a un objeto que, según sus propias palabras, se ha desintegrado y ya no existe. Pues, si así fuera: ¿cómo entender tamaña obstinación para pelearse con un muerto? En el Leviatán Thomas Hobbes recordaba con su habitual sarcasmo que “los hombres contienden con los vivos, no con los muertos” y que quienes incurren en tales prácticas sólo certifican con su empecinamiento la vitalidad del presunto difunto (1980, p. 80).

Por otra parte, la desafortunada frase “quedarse con los mejores fragmentos” revela elocuentemente la extraordinaria penetración del pensamiento positivista en las huestes del “posmarxismo”, y sería difícil convencer a un observador imparcial que la adhesión a una tradición epistemológica tan desacreditada en nuestros días como el positivismo pudiera ser interpretada como un signo de audaz innovación intelectual. En relación a ésto remitimos al lector a las observaciones realizadas en el capítulo anterior y en particular a los análisis de Gyorg Lukács sobre el tema (1971, p. 27).

El pensamiento fragmentador, rasgo distintivo del positivismo, es incapaz de aprehender la realidad en su totalidad, descompone sus partes y las reifica como si fueran entidades autónomas e independientes: ergo, la economía, la sociología, la antropología, la ciencia política, la geografía y la historia se constituyen como “ciencias sociales” autónomas y separadas, cada una de las cuales ofrecen sus inútiles “explicaciones” especializadas referidas a fragmentos ilusorios de lo social –la economía, la sociedad, la cultura, la política, etc.– carentes en su aislamiento de toda sustancialidad.

Un juego nada inocente:construir, deconstruir y reconstruir teorías

Seguramente, Laclau está convencido de haberse apropiado de los “mejores fragmentos” del marxismo. Pero no deja de llamar la atención el hecho de que ya sean unos cuantos los estudiosos que se declaran incapaces de descubrir cuáles son dichos fragmentos y todavía muchos más quienes confiesan su imposibilidad de establecer una correspondencia entre la construcción teórica emprendida con ellos y la tradición intelectual fundada por el filósofo de Tréveris7. Por otra parte, esta pretensión de conservar los insondables “mejores fragmentos” del marxismo es contradictoria con la aserción de Laclau de que “lo importante fue la deconstrucción del marxismo, no su mero abandono”. En ese mismo tramo de su entrevista con Strategies, Laclau sostiene (esta vez con razón) que “la relación con la tradición no debe ser de sumisión y repetición sino de transformación y crítica” (1993, p. 189).

En todo caso, dos cuestiones podrían ser planteadas en relación con estas afirmaciones. En primer lugar, ¿hasta qué punto es posible “deconstruir” teorías sociales y proceder a “reaconstruirlas” creando de este modo nuevas figuras, formas e imágenes conceptuales? Los “posmarxistas” parecerían no estar conscientes de que una operación intelectual como ésta reposa sobre una insostenible premisa positivista y mecanicista: la idea de que las teorías son simples colecciones de “partes y fragmentos” que, como las vigas, columnas, tuercas y tornillos de plástico de los juegos infantiles de construcción, pueden ser recombinados ad infinitum. ¿Es razonable pensar que de la “deconstrucción” de Hobbes resultará un Locke? ¿Podremos “deconstruir” a Rousseau para así inventar a Tocqueville? ¿Iría un Marx “deconstruido” a resucitar como un híbrido de Lacan, Derrida, Hegel, Weber y Parsons? En términos de un análisis filosófico riguroso una tal “deconstrucción” no es más que un juego de palabras, un auténtico non sense expresado, eso sí, con la jerga y la aparente profundidad del cánon estético y teórico del posmodernismo que tantos estragos ha causado en el pensamiento crítico. Quedaría por indagar la función que cumple semejante disparate. Una primera hipótesis subrayaría la importancia que tienen las “deconstrucciones” del posmodernismo para desarmar ideológicamente –por medio de engaños, confusiones premeditadas y trucos de diverso tipo– a los adversarios del capitalismo, generando de ese modo actitudes resignadas, escapistas o conformistas que refuerzan la estabilidad del sistema. Pero preferimos, por ahora, no adentrarnos en este tipo de conjeturas.

En segundo término, lo que no está claro en ninguna parte de la obra de Laclau y Mouffe es la demostración de que la tradición marxista se haya convertido en un obstáculo a la creatividad y a la inscripción de nuevos problemas, lo que deja a todo su esfuerzo por fundar el “posmarxismo” en una posición un tanto desairada. Porque, tal como anotábamos más arriba: ¿con quiénes están polemizando estos autores? La impresión que se lleva quien se proponga examinar objetiva y desapasionadamente su obra, y que a su vez reconozca la inteligencia y sistematicidad de su reflexión, no puede sino llegar a la conclusión de que nuestros autores están enzarzados en una estéril y anacrónica polémica contra las peores deformaciones del marxismo de la Segunda y la Tercera Internacionales, y muy especialmente contra las diversas manifestaciones de la vulgata estalinista. Por eso, cuando Laclau piensa en el marxismo lo imagina en los mismos términos que utilizara la tristemente célebre Academia de Ciencias de la URSS, al definirlo como:

una teoría que se basa en la gradual simplificación de la estructura de clases bajo el capitalismo y en la creciente centralidad de la clase obrera (o que propone) considerar al mundo como fundamentalmente dividido entre capitalismo y socialismo, y que el marxismo es la ideología de este último (Laclau, 1993, pp. 213-214).

La pregunta más elemental que deberíamos formular es la siguiente: ¿qué marxista se reconoce en una caricatura como ésta en contra de la cual Laclau y Mouffe levantan todo su alambicado edificio teórico? ¿Quién, salvo un burócrata de la difunta Academia de Ciencias de la URSS, podría salir a defender tamañas simplezas? Laclau y Mouffe ofenden la inteligencia de sus lectores, cuando en su afán por criticar el marxismo se convierten en el negativo de quienes con sus tristemente célebres “manuales” asolaron los países del Este en nombre del socialismo. Éstos caricaturizaron toda la historia del pensamiento político diciendo, por ejemplo, que Jean-Jacques Rousseau fue apenas un “ideólogo de la pequeña burguesía”, y que como desconocía “la existencia de la lucha de clases” debió recurrir al concepto “abstracto de pueblo” para hablar de la soberanía política. Estos distinguidos “académicos” –muchos de los cuales se convirtieron, al igual que el antiguo Secretario de Acción Ideológica del Partido Comunista de la Unión Soviética (pcus), Boris Yeltsin, en vociferantes propagandistas del neoliberalismo– caracterizaron burdamente a Maquiavelo como “uno de los primeros ideólogos de la burguesía”, y terminaron acusándolo de sostener que la “base de la naturaleza humana (es) la ambición y la codicia, y que los hombres son malos por naturaleza” (Pokrovski et al., 1966, pp. 215-222 y 144-145, respectivamente).

Laclau y Mouffe proceden de la misma manera con el marxismo: construyen una caricatura –una teoría reduccionista, esencialista, economicista, objetivista, etc.– y luego proceden alegremente a destruirla. Tenemos derecho a preguntar: ¿por qué y para qué?

(…)

Liquidar la caricatura

Por el contrario, tanto Laclau como Mouffe consideran necesario fundar el “posmarxismo”, para abandonar una vieja tradición cuyos propios manantiales habrían estado envenenados desde sus orígenes. Sin embargo, a lo largo de su extensa obra no se encuentran argumentos valederos y convincentes que respalden esta pretensión. Más allá de su rebuscada retórica lo que queda, en el fondo, es un lugar común: una crítica en bloque al marxismo tal como se reitera desde el mainstream de las ciencias sociales norteamericanas, salpicada aisladamente con alguna que otra interesante observación la que, sin embargo, no alcanza a corregir las distorsiones interpretativas que vician el conjunto de sus planteamientos.

Una muestra pequeña pero harto significativa de la ligereza con que se encara la crítica de la tradición marxista la provee, por ejemplo, la extensa cita del famoso “Prólogo” de Marx a la Contribución a la crítica de la economía política que Laclau reproduce en Nuevas Reflexiones (1993, p. 22). Este pasaje fue tomado de una traducción al español de un texto originalmente escrito en alemán y a partir del cual se “certificaría” cientifícamente el carácter determinista del marxismo con las pruebas que ofrece una palabra –bedingen– torpemente traducida, por razones varias y acerca de las cuales es preferible no abundar, como equivalente a “determinar”, bestimmen en alemán. Sin embargo, de acuerdo al Diccionario Langenscheidts Alemán-Español los verbos bedingen y bestimmen tienen significados muy diferentes. Mientras que traduce al primero como “condicionar” (admitiendo también otras acepciones como “requerir”, “presuponer”, “implicar”, etc.), el verbo bestimmen es traducido como “determinar”, “decidir”, o “disponer”. En el famoso pasaje del “Prólogo” Marx utilizó el primer vocablo, bedingen, y no el segundo, pese a lo cual la crítica tradicional del pensamiento liberal burgués –del cual el “posmarxismo” es claramente tributario– ha insistido en subrayar la afinidad del pensamiento teórico de Marx con una palabra que éste prefirió omitir utilizando otra en su lugar. Habida cuenta de la maestría con que Marx se expresaba y escribía en su lengua materna y del cuidado que ponía en el manejo de sus términos, la sustitución de un vocablo por el otro difícilmente podría ser considerada como una inocente travesura del traductor o como un desinteresado desliz de los críticos de su teoría. Que Laclau no haya reparado en un “detalle” como éste, en el contexto de acusaciones teóricas tan categóricas como las que formula, habla de una ligereza de juicio excesivamente riesgosa.

Esta sesgada interpretación de la voz en cuestión reaparece nuevamente, también en Nuevas reflexiones, en el contexto de una polémica con Norman Geras y que lleva a Laclau a cometer un nuevo error al afirmar que “el modelo base/superestructura afirma que la base no sólo limita sino que determina la superestructura, del mismo modo que los movimientos de una mano determinan los de su sombra en una pared” (1993, p. 128 [subrayado en el original]). Este pasaje da pie a dos breves observaciones: primero, tal como lo vimos más arriba, Marx empleó la palabra “condicionar” y no “determinar”. Por lo tanto, no estamos aquí en presencia de una discusión hermenéutica acerca de la “interpretación” correcta de lo que Marx realmente dijo sino de algo mucho más elemental: del pertinaz empecinamiento de sus críticos a aceptar que él dijo lo que quería decir y que al elegir el término bedingen en lugar de bestimmen Marx explícitamente rechazó el uso de una palabra que le habría impreso un giro fuertemente determinista a todo su argumento teórico. Sea por ignorancia o por un arraigado prejuicio lo cierto es que la flagrante tergiversación de lo que Marx dejó prolijamente escrito en buen alemán ha potenciado los gruesos errores interpretativos de Laclau en relación con la teoría marxista. Segundo, y esto puede ser apenas una curiosidad: ¿qué marxista digno de ese nombre utiliza en estos días un modelo determinista como el de “la mano y su sombra” que tanto inquieta el sueño de Laclau y Mouffe?

Una estrategia socialista… ¡para consolidar el capitalismo!

A todo lo anterior podría agregarse una afirmación del propio Laclau, cuando dice que hay una buena razón política para hablar de “posmarxismo”, y es la conveniencia de hacer con el marxismo lo mismo que se ha hecho con otras ideologías (como el liberalismo o el conservadurismo, por ejemplo): convertirlo en un “vago término de referencia política, cuyo contenido, límites y alcance debe ser definido en cada coyuntura”. El marxismo, pulcramente diluido, se convertiría en un “significante flotante” tan misterioso como inocuo que abriría la posibilidad de construir ingeniosos “juegos de lenguaje”, a condición, advierte Laclau con severidad, de que mediante los mismos “no se pretenda descubrir el real significado de la obra de Marx” pues éso carece de relevancia (1993, p. 213).

El próposito de esta operación es de una claridad meridiana: se trata de liquidar el marxismo –y, por extensión, el socialismo– como utopía liberadora y como proyecto de transformación social, diluyéndolo en el magma neoconservador del “fin de las ideologías”. En este sentido, las implicaciones “reaccionarias” de la obra de Laclau y Mouffe son evidentes y quedan claramente expuestas desde las páginas iniciales de su Hegemonía y estrategia socialista, cuando en el mismo “Prefacio a la edición española” se sostiene que en dicho libro se plantea una:

redefinición del proyecto socialista en términos de una radicalización de la democracia; es decir, como articulador de las luchas contra las diferentes formas de subordinación –de clase, de sexo, de raza, así como de aquellas otras a las que se oponen los movimientos ecológicos, antinucleares y antiinstitucionales. Esta democracia radicalizada y plural, que proponemos como objetivo de una nueva izquierda, se inscribe en la tradición del proyecto político “moderno” formulado a partir del Iluminismo (1987, p. ix).

Ningún socialista podría disentir de tan bellos propósitos, siempre y cuando el logro de estas metas no implique sacrificar el objetivo de superar históricamente el capitalismo, algo que ni siquiera Eduard Bernstein –”revisionista” pero socialista al fin– estuvo dispuesto a admitir. Sin embargo, ésto es precisamente lo que encontramos al final del laberíntico discurso de Laclau y Mouffe: el socialismo se ha volatilizado por completo toda vez que el objetivo supremo de la nueva izquierda es una democracia “radicalizada y plural”. De este modo se pone fin al trayecto teórico-político recorrido por nuestros autores: tras comenzar con una crítica epistemológica y abstracta a los marxismos de la Segunda y la Tercera Internacionales se concluye con una sigilosa capitulación en donde el objetivo esencial del socialismo, la sustitución de la sociedad capitalista por otra más justa, humana y liberadora, queda definitivamente silenciado en aras de una tan etérea como inverosímil profundización de la democracia. Sin decirlo, los autores comparten las tesis de Francis Fukuyama y toda la derecha moderna que consagra el capitalismo como el estadio final de la historia humana. Así, la supuesta renovación del marxismo se efectuó tan meticulosamente y con tanto ahínco que en su fervor innovador los “renovadores” terminaron pasándose al bando contrario: en su rápido desplazamiento arrojaron por la borda la crítica al capitalismo y la necesidad de superarlo, convirtiéndose objetivamente en sus sibilinos apologistas.

Lo anterior salta a la vista cuando se examina más detenidamente el significado de la “democracia radicalizada” de Laclau y Mouffe y la obra posterior de ambos autores, en donde su lisa y llana adhesión al liberalismo se manifiesta sin ninguna clase de cortapisas. El debate ya no es con “los restos del marxismo” sino en cómo situarse entre Rawls y Rorty8. En todo caso, y retomando el hilo de nuestra argumentación, nos parece cuestionable tanto desde el punto de vista de la rigurosidad intelectual como desde la coherencia política, tratar un tema como el de la radicalización de la democracia sin por lo menos proceder a reexaminar lo que Rosa Luxemburg, desde el corazón mismo de la tradición marxista, escribiera al respecto9. Una reflexión como la que hacen Laclau y Mouffe, cual si fueran Adán y Eva el primer día de la creación del mundo, poco ayuda a su autodeclarado propósito de renovar críticamente el pensamiento marxista. En segundo término, el planteamiento de nuestros autores es por lo menos vago, y por momentos peligrosamente confuso. En efecto, no se puede afirmar alegremente que “la tarea de la izquierda no puede por tanto consistir en renegar de la ideología liberal-democrática sino al contrario, en profundizarla y expandirla en la dirección de una democracia radicalizada y plural” (1987 [b]: p. 199).

Laclau y Mouffe son profesores de teoría política y no pueden ignorar que la posibilidad de “profundizar y expandir” la ideología liberal-democrática no es algo que pueda hacerse mediante un ejercicio retórico o una invocación a la buena voluntad de hombres y mujeres, al margen de los condicionantes que dicha ideología tiene en funcion de su articulación –nada contingente, por cierto– con una estructura de dominio y explotación clasista, en cuyo seno dicha ideología se desarrolló y a cuyos intereses fundamentales sirvió diligentemente durante tres siglos. Aquí el “instrumentalismo” de Laclau y Mouffe es tan burdo que recuerda a esa verdadera caricatura del leninismo que los autores construyeron en su obra con el ánimo de despacharlo sin ningún tipo de reparos. Sólo que el nuevo “instrumentalismo” de Laclau y Mouffe pertenece, aparentemente, a una variedad benigna que no despierta la menor preocupación en nuestros autores. ¿Creen éstos que es tan sencillo “hacer romper al liberalismo su articulación con el individualismo posesivo” (1987 [b]: p. 199)?

Si así fuera, la historia de la democracia habría sido muchísimo más pacífica y apacible: hubiera bastado con ir de a poco debilitando los vínculos entre liberalismo y explotación clasista para que, una radiante mañana, los burgueses liberales hubiesen amanecido como demócratas radicales ad usum Laclau y Mouffe. ¿Por qué si el liberalismo tiene una historia tres veces centenaria la democracia es una frágil y reciente adquisición de algunas pocas sociedades capitalistas? ¿Será porque a nadie se le ocurrió pensar en producir esa ruptura entre liberalismo y dominación burguesa? ¿O será tal vez porque esa tarea de profundizar y expandir la democracia liberal en una dirección “radicalizada y plural” tropieza con límites estructurales y de clase que hacen que dicha empresa requiera para su materialización lo que con mucha elegancia Barrington Moore denominaba “una ruptura violenta con el pasado”, es decir, una revolución (1966)? ¿Por qué será que Laclau y Mouffe no pueden citar ni un sólo ejemplo de una democracia “radicalizada y plural” en el capitalismo contemporáneo? Respuesta: porque no existe.

Nuestros autores pueden formular estas temerarias propuestas acerca de la ilimitada elasticidad ideológica del liberalismo porque su visión “posmarxista” del mundo les impide percibir lo social como una totalidad y el “efecto embudo” de su perspectiva teórica les inhibe apreciar las conexiones existentes entre discursos, ideologías, modos de producción y estructuras de dominación. La radical e insuperable fragmentación de la realidad social tal cual ésta aparece en los meandros de su argumentación hace que todo sea posible, hasta una conversión del liberalismo y su transformación en una ideología democrática en donde por imperio de los “juegos de lenguaje” y los “significados flotantes” se disuelven todos los condicionamientos clasistas, sexistas, racistas, lingüísticos, religiosos y culturales que caracterizaron al liberalismo desde sus orígenes. Ni siquiera un conservador ilustrado como Tocqueville creía que ésto fuera posible, para no hablar de Max Weber, pero ésto no arredra la audacia de nuestros autores10.

Capitalismo, socialismo, democracia

¿Debemos, por lo tanto, rechazar la propuesta de “profundizar y extender la democracia”, tan cara a los “posmarxistas” latinoamericanos? De ninguna manera. Pero un programa de este tipo exige un planteamiento radicalmente distinto del que sugieren Laclau y Mouffe, lo que supone antes que nada una apreciación realista del significado de la democracia burguesa y una labor de implacable desmitificación, pues de lo contrario toda su bella propuesta reposaría sobre una ilusión.

En este sentido las reflexiones de Rosa Luxemburg –ya en la cárcel y siguiendo con atención los primeros pasos de la revolucion rusa– son de extraordinaria importancia porque, contrariamente a lo que proponen nuestros autores, recuperan el valor de la democracia sin legitimar el capitalismo y sin arrojar por la borda la utopía y el proyecto socialistas. Decía la revolucionaria polaca:

Lo que esto significa es lo siguiente: siempre hemos distinguido el núcleo social de la forma política de la democracia burguesa. Siempre hemos revelado el núcleo duro de desigualdad social y falta de libertades que se oculta bajo la dulce envoltura de la igualdad y las libertades formales. Pero no para rechazar estas últimas sino para impulsar a la clase trabajadora a no conformarse con la envoltura sino a conquistar el poder político; a crear una democracia socialista para reemplazar a la democracia burguesa, no a eliminar a la democracia (1970, p. 393).

El planteamiento de Rosa Luxemburg, por lo tanto, supera creativamente tanto las trampas del vulgomarxismo –que al rechazar la democracia capitalista terminaba repudiando in toto la sola idea de la democracia y justificando el despotismo político– como las del “posmarxismo”, que reniega del proyecto de Marx para disolverse y refundirse ideológicamente en el liberalismo. En consecuencia: ni desprecio ni entrega. Lo que se requiere es una auténtica aufhebung, es decir, una simultánea negación, recuperación y superación de la democracia capitalista, en donde el socialismo sea concebido como capaz de dar a luz a una forma cuantitativa y cualitativamente superior de democracia y no, como en la propuesta de Laclau y Mouffe, como la simple “dimensión social” de una democracia radicalizada incapaz de descartar las sospechas de que se trata simplemente de más de lo mismo (1987 [b]: p. 201).

En este caso, el socialismo se vería reducido al rango de una mera “forma superior” de democracia que, pese a todas las evidencias, nuestros autores sueñan que se puede construir dejando intactos los fundamentos de la explotación capitalista. Que la nuestra no es una lectura viciada por un prejuicio izquierdista lo prueba el hecho de que nada menos que el “ironista liberal” Richard Rorty, cuyo tránsito del trotskismo de su juventud al filo-reaganismo de su madurez sigue concitando el asombro de muchos, también se declara incapaz de distinguir, “como [Ernesto Laclau y Chantal Mouffe] querrían […] la ‘democracia radical’ respecto de la mera ‘democracia liberal’ […] No está claro que la democracia radical pueda significar otra cosa que el tipo de sociedad que Ryan describe” (Rorty, 1998: pp. 51-52). El tipo de sociedad aludida por Alan Ryan, conviene aclararlo, es el “capitalismo de bienestar con rostro humano”.

Así las cosas, no podemos hacer menos que rechazar toda tentativa de liquidar los ideales socialistas. Como ya lo hemos expuesto en otro lugar, no se trata de negar la gravedad de la crisis del marxismo (Boron, 1996, cap. 9). Pero sería insensato dejar de preguntarse si no será ésto un reflujo transitorio en lugar del ocaso definitivo del socialismo, como surge del argumento desarrollado por Laclau y Mouffe. Tal vez sea demasiado pronto para saber, aunque nos resistimos a creer que el fracaso en las primeras tentativas de construcción de la sociedad socialista pueda significar la definitiva erradicación de una de las más bellas y nobles utopías jamás gestada por la especie humana.

Tal como lo examináramos más arriba a propósito de los análisis de John E. Roemer, el fracaso del experimento soviético no significa que el proyecto socialista de construir una nueva sociedad –igualitaria, libre, emancipada, autogobernada– haya sido archivado en el limbo de la historia que pudo ser y que no fue (1994, pp. 25-26). Hay sobradas razones para creer que la euforia de la burguesía, que hoy parece inundarlo todo, habrá de ser breve, teniendo en cuenta los múltiples signos que por doquier hablan de la precariedad del “triunfo” capitalista. ¿Cómo olvidar que en los últimos noventa años los ideólogos de la burguesía anunciaron en tres oportunidades –la belle époque de comienzos de siglo, los roaring twenties y los años cincuenta– la victoria final del capitalismo? Y ya sabemos lo que ocurrió después. ¿Por qué habríamos ahora de creer que hemos llegado al “fin de la historia”?

En todo caso, una pregunta crucial queda planteada con total legitimidad: ¿podrá el marxismo hacer frente al formidable desafío de nuestro tiempo, o deberemos en cambio buscar refugio en la vaguedad y esterilidad del “posmarxismo” para hallar los valores, categorías teóricas y herramientas conceptuales que nos permitirían navegar en las aguas tormentosas del fin de siglo? Creemos que la teoría marxista contiene los elementos necesarios para resurgir con nuevos bríos de la presente crisis, a condición de que los marxistas rehusen atrincherarse en las viejas y tradicionales certidumbres y que llevados por el dogmatismo o la indolencia intelectual cierren los ojos ante las múltiples lecciones dejadas por el primer ciclo de las revoluciones socialistas y se empecinen en ignorar los nuevos e inéditos desafíos que plantea la agresiva restructuración neoliberal del capitalismo a finales del siglo xx.

Por ello, para enfrentar la crisis teórica con ciertas posibilidades de éxito será necesario someter todo a discusión, reexaminar la totalidad del corpus teórico gestado a lo largo de más de un siglo y medio haciendo honor a aquella divisa marxista que identificaba la dialéctica como una crítica despiadada de todo lo existente, incluyendo la propia teoría. Algunas de las cabezas más lúcidas del pensamiento marxista ya han puesto manos a la obra. Lo que asoma en el horizonte es un marxismo renovado, ágil, dinámico, abierto al mundo y plural, ya avizorado por las miradas penetrantes de Raymond Williams y Ralph Miliband en algunos de sus últimos escritos; un marxismo, en síntesis, con su rostro vuelto hacia el siglo xxi y abierto a todos los grandes temas de nuestra época (Williams, 1991-1992, pp. 19-34; Miliband, 1997).

Coincidimos, en este sentido, con la poética anticipación que años atrás hiciera Marcelo Cohen, con palabras que hacemos nuestras y que aluden a la persistente presencia creadora, difusa y profunda del marxismo en el mundo contemporáneo. Nos habló de sus legados, sus promesas y sus inmensas posibilidades, y lo dijo de esta manera:

Soy la voz insepulta del marxismo […] sólo algunos de mis avatares yacen bajo los escombros del Muro de Berlín. Otros retroceden ante las imágenes polacas de la Virgen. Pero espiritualmente, por así decir, ando aún por todas partes. Mi respiración empapa la vida del mundo, no sólo occidental. […] Me han usado, como a casi todo, para perpetrar pesadillas sociales y bodrios de la imaginación. Me han invocado para torturar. […] He dado palabras para nombrar lo que hoy sigue hiriendo, he nutrido el nervio, la rabia orgullosa, la agudeza crítica. […] Y he proporcionado aperturas, fantásticos relatos interpretativos, anchas alucinaciones teóricas que alimentaron la fantasía rebelde y el placer inteligente. Para los amantes del fútbol: soy un fino centrocampista que crea juego inagotable. Y nada más. Conmigo se seguirá discutiendo. No seré cemento de construcciones perversas, sino movilidad y sugerencias; presiento nuevas metamorfosis. El que quiera puede recibirme. Y el que no, que se embrome (1990, p. 24).

Excursus final: las trampas de la coyuntura y el descenso a los infiernos del “posmarxismo”

Las urgencias de la coyuntura y la necesidad de dar respuestas concretas a los desafíos que propone han tenido la virtud de contribuir a despejar el enigma que rodeaba algunos argumentos cruciales de los teóricos del “posmarxismo”. En efecto, los alcance efectivos de la fórmula de la “democracia radicalizada y plural” o la exhortación a “redefinir” el proyecto socialista en términos de la radicalización de la democracia, por ejemplo, permanecían en las brumas de un discurso hermético y solipsista que si bien suscitaba muchas dudas –algunas de las cuales fueron expuestas más arriba– tampoco ofrecía flancos demasiado descubiertos para la crítica.

Afortunadamente, un reportaje realizado a finales de 1997 en Buenos Aires permite poner punto final a esta situación (González, 1997, p. 20).

La propuesta “posmarxista” de articular las luchas en contra de todas las formas de subordinación sonaba, en principio, como muy atractiva y no podía sino suscitar las simpatías de los socialistas y del campo progresista en general. Sin embargo, había algo enigmático e inquietante en el planteamiento de nuestros autores: ¿cómo era posible teorizar sobre tantas formas de opresión –de clase, de género, de raza, religiosas, lingüísticas, amén de las luchas en defensa del medio ambiente, por la paz y el estado de derecho– haciendo total abstracción de la estructura y la dinámica del capitalismo contemporáneo y sus tendencias hacia la concentración monopólica de la riqueza y el poder, la superexplotación de las masas populares, la postergación de las regiones periféricas y la destrucción del medio ambiente? Contribuía aún más a la perplejidad de estudiosos y críticos, discípulos y colegas por igual, la llamativa ausencia de ejemplos concretos que perfilasen los rasgos distintivos de la “democracia radicalizada y plural” de Laclau y Mouffe que tantas esperanzas abría supuestamente para las víctimas de todo tipo de opresión.

Ahora, gracias a la incursión de Laclau sobre la actual coyuntura argentina, el enigma se ha develado: por una de esas crueles ironías de la historia aquel paraíso democrático y radicalizado tan pletórico de promesas que nos pintaban nuestros autores no resultó ser otro que… el capitalismo neoliberal. Sí, el mismo que en la Argentina surgiera de un plan que, según Laclau, fue “aplicado por el menemismo con un criterio estrictamente burocrático y con la pasividad del resto de la población”. De este modo, las insanables injusticias constitutivas del modelo más reaccionario en la historia del capitalismo aparecen como productos de accidentales desviaciones burocráticas o “errores de ejecución” del menemismo y, ¿por qué no?, de la resignada aquiescencia del conjunto de la población que según el filósofo “posmarxista” –impertérrito ante el espejismo de los paros nacionales, cortes de rutas, puebladas, carpas docentes e innumerables marchas de protesta– habría aceptado con ovejuna mansedumbre la medicina estabilizadora de los tecnócratas. Por eso Laclau se congratula de que “Chacho Álvarez haya dicho que los lineamientos generales del plan de estabilización no van a ser modificados por la Alianza”. Y poniendo en sintonía su discurso supuestamente “superador” del marxismo con el pensamiento único dominante concluye: “Creo que está muy bien que diga eso porque no hay una política alternativa”. Los memoriosos no dejarán de recordar que fue precisamente ése –TINA, “There Is No Alternative”– el slogan publicitario de Margaret Thatcher en sus días de gloria, consigna repetida entre nosotros ad nauseam por Bernardo Neustadt, Daniel Hadad y Mauro Viale, para no citar sino algunos de los más distinguidos “filósofos” vernáculos del neoliberalismo, inconscientes precursores del “posmarxismo” en estas dolientes regiones de la periferia.

Debido a esta capitulación ideológica Laclau no tiene dudas acerca de lo que debería hacer la Alianza para diferenciarse del gobierno menemista: “ampliar el consenso democrático alrededor del plan”. ¡Sí!, leyó bien: reforzar la legitimidad de un modelo económico que genera niveles inéditos de desempleo y pobreza mientras enriquece a un puñado de privilegiados y provoca un fenomenal endeudamiento externo, amén de muchas otras desgracias. Claro, Laclau también añade que un futuro gobierno de la Alianza debería promover la defensa de “los derechos de los ciudadanos en una pluralidad de esferas”, pese a que en aquel momento tanto el gobierno menemista como la Alianza se colocaron al lado de Su Santidad y a la derecha de Hillary Clinton en una materia tan esencial a la condición ciudadana de la mujer como el derecho a disponer libremente de su propio cuerpo. ¿Cómo reconciliar la antinomia entre derechos ciudadanos, abstractamente defendidos por Laclau y los “posmarxistas”, y la lógica de mercado en los “capitalismos realmente existentes” ante la cual se inclinan con trémula veneración los “superadores” del marxismo? Laclau nada nos dice al respecto.

Más de una vez Marx y Engels señalaron en diversos escritos que la hueca grandiosidad de la filosofía política hegeliana apenas si encubría la miserabilidad del estado prusiano. No muy distinta es la misión histórica de la “democracia radicalizada y plural” de Laclau y Mouffe: edulcorar al neoliberalismo, proclamar sibilinamente “el fin de la historia” eternizando el capitalismo y escamoteando su naturaleza explotadora y opresiva y, finalmente, endiosar a la democracia liberal. Lo que en la práctica termina haciendo el “posmarxismo”, tal como lo prueba la entrevista a Laclau, es legitimar la rendición incondicional de una cierta izquierda y la liquidación de la herencia teórica socialista. Arrojado al infierno de la coyuntura argentina, el “posmarxismo” queda despojado de toda su hueca palabrería y desnuda el carácter reaccionario de su propuesta: promover la resignación ante el capitalismo, “naturalizado” como un hecho incuestionable, y alentar el gatopardismo de una oposición como la Alianza que prefiere ser segura alternancia del menemismo a incierta alternativa popular, y que afirma querer “domesticar” al neoliberalismo para tornarlo “transparente y socialmente sensible”. La verdad siempre es concreta: el proyecto refundacional del “posmarxismo” revela, en su concreción, su verdadera naturaleza: una nueva y sofisticada estratagema al servicio del capital, concebido para desarmar ideológicamente el campo popular.

#PueblosProgresista

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Órgano Constituyente Nacional-CRN

Sí a la toma del palacio de invierno (tercera parte)

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Continuación de Sí a la toma del palacio de invierno (segunda parte)

Como dijo un representante de Syriza en un reciente viaje a Euskal Herria: «han hecho que hoy en día la dignidad sea un ejercicio revolucionario». Defender los derechos sociales y la democracia se ha convertido en algo revolucionario, en una Revolución Democrática.

Y como está viendo Syriza ahora mismo su programa está neutralizado por la fuerza ciega del capital y la UE y su capacidad de extorsión. Imposibilitándole recuperar derechos y forzándole a seguir los cauces dictados por el poder dominante. Todo ello por no tener una vía rupturista con esos poderes y haber puesto la confianza en reformas no rupturistas y haber virado al centro mediante una perspectiva electoralista. No se pueden revolucionar democráticamente estructuras del capital que en su esencia son anti-democráticas. No existe capitalismo democrático. Syriza ahora mismo es el vivo ejemplo de las limitaciones del neo-reformismo y del callejón sin salida al que está abocado de no producirse un golpe de timón. De no producirse una alianza entre toda la izquierda griega, apoyada en la confrontación popular y de no dotarse de objetivos estratégicos rupturistas, en Grecia vamos a ver algo que hemos visto en Europa en demasiadas ocasiones. Lo estamos viendo ya. No existe democracia en Grecia, es un país secuestrado, la defensa de la democracia burguesa griega es más de lo mismo. Para empezar a hablar de democracia en Grecia se tendría que romper con las estructuras que la someten, desde la OTAN, pasando por la Troika y la UE y llegando hasta la oligarquía griega.

La derecha europea y el capital lo sabe mejor que nadie. Por eso están ahora exultantes y con los ojos brillantes tras las cesiones continuadas del gobierno griego. Desde su cinismo e hipocresía se creen victoriosos intentando hacer ver a la población que las reivindicaciones de Syriza o cualquier izquierda europea que proponga algunos cambios son una locura e inviables. Desgraciadamente no darles la razón sería infantil. Tienen razón. Son inviables esos cambios dentro de las estructuras y el sistema dominante y simplemente basta la voluntad desalmada del poder bancario para poner las cosas en el lugar que requieren. Sin ruptura no va a haber cambios. La socialdemocracia pertenece a un pasado que no puede volver y es incapaz de generar ninguna revolución. Ni siquiera democrática. No aceptar esta realidad hace que la ilusión por el cambio se convierta en ilusionismo. Sinceramente me gustaría saber de dónde se saca la confianza en que el capital es reformable porque no hay un solo ejemplo en la historia de la humanidad que indique algo parecido. Grecia en la zona euro, bajo el manto de la OTAN, las directrices de la troika y aceptando una deuda miserable creada por el propio capital seguirá siendo exclava. ¿Qué revolución democrática es posible cuando no hay intención, como se ha demostrado por ahora, de romper con esos esquemas?

El carácter revolucionario de un proyecto no se define por la radicalidad del programa político que es capaz de redactar sino por la profundidad de los cambios que es capaz de generar.

No existe diferencia entre programa político y acción práctica. Los cambios son resultado de una praxis sujeta a un programa. De una táctica sujeta a una estrategia con objetivos. Teoría y práctica van de la mano. El carácter revolucionario de un proyecto sí se define por la radicalidad del programa político ya que esa es la brújula de la praxis revolucionaria que genera cambios.

Eliminar esa brújula es la base fundamental del reformismo. Es precisamente eliminar la radicalidad del programa y nublarlo para de esta manera cambiarlo por el pragmatismo sin dirección estratégica. “Los fines, los objetivos, no son nada. El movimiento es todo”. Es la frase de cabecera de padre del reformismo. Según él, que para qué teorizar, descubrir, debatir, expresar dudas o realizar una crítica, para qué sometarla a la práctica y de esta otra vez a la teoría y vuelta a empezar , eso no es nada, según el tal Eduard Bernstein, lo verdaderamente importante era moverse, la práctica, la práctica, hay que ser pragmático, lo que quería decir es que a fin de cuentas hay que ser oportunista, como todo buen político, aprovechar aquí o allá o mas allá, conseguir cosas -lo que sea-, aunque puede que no signifiquen gran cosa al final pero eso da igual. ¿y del socialismo, pa’cuando?. “El mundo fue y sera una porquería ya lo se, en el quinientos seis y en el dos mil también “, cantaba el tango, entonces para que nos vamos a preocupar por cosas tan distantes, de inciertos futuribles, el socialismo a verlas venir, centrémonos en el pan de hoy, seamos prácticos, pues bien todo eso es el tema discursivo de aquel Eduardo. Quedaba muy clara la cosa, el orden reinaba en Berlín, en París o donde fuera, el capitalismo dormía tranquilo los socialdemócratas estaban en nómina, eran fables, diligentes, democráticos y muy prácticos.

Algunos sectores de la izquierda sienten un cierto pudor a la hora de defender la acción institucional/electoral con el entusiasmo con que se implican en otras luchas. Es un complejo a superar, como está superado en América, donde la izquierda sí ha logrado reinventarse para constituir de forma exitosa alternativas de poder y en donde los militantes más politizados son los primeros en implicarse sin reservas en cada contienda electoral, concebida como una batalla más del proceso de cambio continental.

No existe ningún pudor a la hora de defender la acción institucional/electoral en la izquierda revolucionaria desde los tiempos de los bolcheviques, que la pusieron en práctica cuando fue necesario. De haberlo lo ha sido exclusivamente en el anarquismo clásico y en la autonomía obrera y con matices. En la izquierda abertzale no ha habido ningún problema o pudor en ese sentido, pues para ello fue creada Herri Batasuna hace décadas. Y durante todo este tiempo hasta hoy son inexistentes posturas que rechacen la lucha institucional dialéctica como parte del proceso de liberación nacional y social. Por lo tanto no existiendo ese problema y complejo no se pueden buscar soluciones ahí.

De hecho, si no se defiende la lucha institucional actual con entusiasmo habrá que buscar las causas en otra parte. Quizás pueda ser porque esa lucha institucional no se haya desarrollando en buenas condiciones.

Algunas pistas pueden ser que Sortu esté lejos de ser una unidad popular, que en vez de ser un punto de encuentro de los independentistas y socialistas de este país que diseñan estrategias, las compartan o no compartan en diferentes grados, hayan tenido demasiado peso posturas que intentan pasar el rodillo no dejando espacio a diferencias enquistándose un dogmatismo malsano en torno a una mera estrategia oficial que se convierte en tótem y arma arrojadiza. Que en vez de un Sortu heterogéneo, se haya buscado un Sortu homogéneo. Cuando la izquierda abertzale no lo es. Conviven sectores posibilistas y socialdemócratas, con socialistas revolucionarios, marxistas e incluso libertarios. Que el discurso único y el personalismo ha tomado una preponderancia nunca vista. Que Sortu ha intentado abarcar más de lo que es. Casi en la línea de hacer que el MLNV sea sinónimo de Sortu. Siendo el MLNV un movimiento político de liberación nacional y social con trabajo en diversos ámbitos, con diversas organizaciones. Romper la flexibidad organizativa y seguir un modelo clásico de partido centrista aunque se tengan buenas intenciones está abocado a ser parásito de las dinámicas populares y centrado en un ombliguismo institucional y electoral pudiendo hacer que sea el camino directo más rapido hacia la integración en el sistema. Una cosa es lucha institucional y electoral y otra es institucionalismo autocentrado y electoralismo.

Si a estos posibles factores le unimos que el soberanismo de izquierda se ha construido no como una alianza social desde abajo sino en base a discusiones de despacho entre diferentes partidos que a su vez han sido los que sin una base social detrás han ido tomando decisiones, el desapego y la falta de entusiasmo puede aparecer no teniendo ninguna relación con complejos ni supuestos debates morales sobre las instituciones pese a que los peligros siempre estén presentes. El problema es que se hayan podido ya traspasar en algunos aspectos las líneas de peligro y cómo se puede revertir esa situación.

Lo de América latina es demasiado complicado como para hablar de un proceso único, pues existen muchísimas diferencias de país a país en como se han ido desarrollando las cosas. En algunos casos ha habido involuciones increíbles de manos del reformismo que ahora combate al movimiento popular duramente por muchas medallas en el pasado que tengan algunos, en otros casos el progresismo está cumpliendo una estrategia netamente neoliberal, en otros se ha abrazado el capitalismo en un proceso similar a lo realizado por el PSOE y PCE en su día. Etc.. y ahí donde las alternativas se abren paso, si quitamos a Cuba, habría que nombrar en primer lugar a Venezuela y  como comentaba un lector, el proceso bolivariano es de transición hacia el socialismo, y ahora mismo está contra las cuerdas ya que las reformas no pueden por sí solas hacer el cambio necesario para avanzar al ser aún una economía capitalista. En esa encrucijada están y pueden perder si no avanzan decididamente hacia el socialismo y la burguesía venezolana pierde sus privilegios. Si no ocurre eso, el proceso bolivariano desaparecerá con violencia o en las urnas y algún empujón exterior.

Creo que en Euskal Herria existe cierto mito sobre algunos de los “gobiernos progresistas” de latinoamérica que en realidad en muchos de los casos no se corresponde con la realidad. No es que algunas izquierdas se hayan reinventado sino que simple y llanamente han dejado de serlo y se han escorado al neoliberalismo, un proceso que en Europa ya lo vivimos. Llegando en algunos casos hasta la derecha. Y creo que muchos se han tragado que el capitalismo puede funcionar con supuestos políticos honrados pese a que no se tengan en cuenta a todos los factores que indicen en cada situación.

Precisamente en los lugares donde se ha mantenido la llama revolucionaria sea Chiapas, Cuba, Venezuela o algún gobierno progresista de los poquísimos que no le temen demasiado al movimiento popular es donde han habido avances. En la mayoría de supuestos gobiernos progresistas no se ha abierto paso aún ninguna alternativa ni intento de alternativa, se ha dilapidado el movimiento popular y lo que se ha asentado es la socialdemocracia o cosas peores mientras el país es repartido por las oligarquías locales y los antiguos guerrilleros están marginados salvo a alguno que colocan para aparentar como aquí hizo la socialdemocracia con los Onaindias.

Como comentaba Ricardo Napurií, la mayoría de esos gobiernos progresistas latinoamericanos no cambiaron la naturaleza del Estado. Las instituciones siguieron como antes, incluso no se cambió la naturaleza de la vía parlamentaria a un sistema de expresión popular a través de mecanismos de manifestación más directa de las mayorías populares. Se dejó la institucionalidad en pie, lo que ha permitido que las fuerzas patronales y del capital, se hayan ido recomponiendo. EEUU está presente tratando de recapturar y recolonizar América Latina. Y que nadie se lleve a engaño, muchos de los gobiernos supuestamente progresistas colaboran con ellos por el bien de la “economía” o mimetizan postura mediante BRIC.

Lo nuevo, lo importante que hay que destacar, es que estos procesos llegan a estos límites porque un actor importante, antes dormido, interviene en la vida política: las masas populares movilizadas. Esos gobiernos progresistas en la mayoría de casos no fueron impulsores de esas masas, las rechazan (incluso combaten a veces) o las “invitan” a que participen, pero les temen cuando estas masas populares van más lejos de lo que ellos podrían permitirse en razón de sus límites políticos e ideológicos.  Entonces, crean una coyuntura en que está la reacción y las masas populares donde pueden peleando entre sí y muchos de los gobiernos que tendrían que ser consecuentes y optar por éstas a través de medidas no lo hacen.

Por eso no acaba de abrirse paso la alternativa en muchos de los considerados gobiernos progresistas y la historia vendrá con su péndulo.

A veces cuando se habla de América latina realmente pienso si se hace realmente de los ejemplos positivos donde extraer enseñanzas o se refiere a otras cosas.

( Leer continuación)

Destacado

Sí a la toma del palacio de invierno (segunda parte)

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Continuación de Sí a la toma del palacio de invierno (Primera parte)

“Al neoliberalismo le ha sucedido el ultraliberalismo y la tan cacareada reinvención del capitalismo ha sido en realidad una profundización en sus peores características. La ya famosa «doctrina del shock» ha servido de coartada para una eliminación progresiva de derechos sociales (…) creo que la defensa de los derechos existentes se convierte en la primera obligación y en plataforma imprescindible para poder reclamar más tarde nuevos avances (…)”

Más importante que las coartadas y excusas que pueda usar el capital y sus esbirros, que siempre serán falsas, es analizar las razones por las que se han producido ¿por qué se han producido recortes? ¿por qué ha habido un empeoramiento en cuanto a derechos sociales?. ¿Es producto de decisiones políticas incorrectas de los diferentes gobiernos? ¿Tiene el capitalismo mejores y peores características que se pueden impulsar según convenga? . Como se comentaba en el post anterior el capital no es un tipo malo, gordo, cínico con sombrero de copa y fumándose un puro. El capital, es una fuerza ciega, objetiva, autista e irrefrenable. Desde hace muchísimo tiempo la izquierda revolucionaria ya ha teorizado estas situaciones y porqué ocurren las crisis. Un proceso que es inherente al capitalismo en su camino hacia la barbarie y la destrucción total de la vida. Un camino del que no puede desviarse porque sino dejaría de ser capitalismo. No existen mejores características del capitalismo ni puede ser amable. Es su esencia.

Es por ello que la defensa de derechos mínimos de la clase trabajadora en plena crisis estructural no solo no ha conseguido ningún resultado, sino que no lo conseguirá. Y se irán apilando cada vez más todo tipo de retrocesos hasta que el capital arranque su ciclo de toma de plusvalía en las condiciones favorables que requiere. Y esas condiciones favorables que requiere son las mismas condiciones que requiere el sistema para sustentarse. Por ello mismo sin un cambio sustancial y estructural del sistema no habrá ya recuperación de derechos sociales por muy progresistas que sean los gobiernos. Pues esos derechos sociales fueron conseguidos en un tiempo y contexto económico que en Europa se fue para no volver. Que ya no existe. Suponer en este contexto una nueva fase alcista de salarios, ampliación del gasto social, regulación de la economía en cualquier Estado europeo es simplemente engañar a la clase trabajadora sino se producen ya mismo cambios estructurales porque esas políticas keynesianas no pueden tener ya recorrido debido a pasos irreversibles  y etapas ya quemadas por el capital.

Por lo tanto nos encontramos en una situación en la que si no se producen cambios radicales políticos y económicos por fuera de la lógica del capitalismo y del entramado burgués no hay espacio para la recuperación de derechos ni mucho menos para reclamar nuevos avances, enquistándonos en un fase resistencialista de “reclamaciones” que es en la que estamos sumidos desde hace décadas en vez de desatar una ofensiva social. Ese resistencialismo y ese keynesianismo es lo que está asentando la pérdida de derechos. Por lo que es fundamental que la clase trabajadora pase a la ofensiva y empiece a construir en otros parámetros no dependientes del capital mediante cambios radicales y acción directa. Esto es totalmente similar a la construcción nacional vasca. Lo que en el artículo se está proponiendo sería la defensa de los “derechos autonómicos” e intentar parar la centralización española, y una vez conseguido eso intentar conseguir nuevas transferencias . Si en el aspecto nacional se entiende que eso sería un suicidio independentista, lo que estamos comentando es un suicidio socialista porque la reivindicación de derechos sociales obviamente es parte sustancial de un proceso social de cambio, pero es parte de , no el proceso en sí mismo, si no tenemos ese proceso aquí y ahora, un proceso revolucionario con una alternativa y brújula hacia dónde ir y qué cambios estructurales son necesarios sería lo mismo que en un proceso de liberación nacional desconocer la autodeterminación y la independencia. Y esto es lo que en mi opinión no se acaba de entender o simplemente la “clase media” quiere recuperarse un poco a costa de la clase trabajadora y que esa sea la alternativa. Creo que el MLNV no nació para eso ni Sortu tampoco.

(…) Defender el Estado del bienestar no es reformismo si se inserta en una lógica política de trascender el sistema. (…)

El problema es que a parte de que el supuesto estado de bienestar español no es el nuestro y de que la etapa de supuesto estado de bienestar no puede volver por estar quemada y superada por el capital, solo el idealismo que no parte del estudio de la realidad material puede pensar lo contrario. Para transcender el sistema es obvio que es necesaria una estrategia que lo trascienda con objetivos estratégicos y construcción de la alternativa. Cosa que hoy falta no ya en el soberanismo de izquierda, sino clamorosamente en Sortu.

Pues no existe ninguna alternativa superadora del capitalismo de cara a Euskal Herria. Posiblemente si la V asamblea de ETA escribió alguna, se perdió la dirección donde se guardaba semejante tesoro. KAS y Ekin nunca pudieron llegar a esbozar el plano del socialismo vasco, inmersos en tareas de construcción nacional y social, que avanzan en ese camino pero al mismo tiempo sin dirección concreta por no tener ni el boceto estratégico de las bases del estado socialista vasco. Otro tanto ocurre con las organizaciones juveniles revolucionarias vascas. Y si miramos a LAB, bastante han tenido con la labor resistencialista de los derechos de los y las trabajadoras

Las consecuencias de que no se haya avanzado en ese análisis estratégico de estado vasco socialista es que la unidad popular ( lo voy a dejar ahí aunque  por el momento se está lejos de la filosofía de unidad popular y leyendo algunas entrevistas a represaliados de ANV se cae el corazón al suelo) , mas allá del lema de estado socialista y la mención a instaurar una economía planificada tomando como principio la socialización de los medios de producción en un proceso de lucha de clases, no tiene absolutamente nada desarrollado en ese sentido y la opción hegemónica a día de hoy en ciertas estructuras y en el academicismo es la de lograr un capitalismo menos feroz, ya sea a través de un “socialismo identitario”, que no supera el capitalismo, o en el peor de los casos apostando sin ambages por la socialdemocracia pura y dura.

Es decir, a nivel estratégico la izquierda abertzale ha sufrido una erosión continuada desde hace muchos años que ha hecho pasar del socialismo a la “socioeconomía”. Y hablo a nivel estratégico donde el balance es desastroso. Hay errores para que así sea pero también situaciones objetivas muy difíciles de superar relacionadas con el conflicto. Sin embargo a nivel de “crear condiciones”, del día a día, el balance es bastante positivo. A través del movimiento popular se ha logrado levantar un espacio anti-sistémico inaudito para su entorno y una labor ingente durante muchos años de construcción nacional y social. Todo ello, la lucha de la izquierda abertzale y el movimiento popular, ha creado unos mimbres que hace que Euskal Herria sea la nación mas avanzada de cara a dar pasos hacia el socialismo de su entorno europeo. ¿Vamos a dejar que se marchite todo? ¿No vamos a ofrecer salidas estratégicas y procesos hacia ellas?. Estamos en el proceso y camino de perder ese espíritu de movimiento popular y sin ese condimento no tenemos nada que hacer.

Claro que una cosa es tener los mimbres, y otra muy diferente es avanzar. El no impulso de una teoría socialista vasca de carácter revolucionario que partiendo de la experiencia de la lucha generada en décadas y la propia historia, cultura e idiosincracia vasca vaya dibujando el plano de la democracia socialista para Euskal Herria y que falte un diseño estratégico global de la lucha de clases derivado de ello es una rémora casi insalvable que incide en todo ello haciéndonos instalar en limitaciones como el sectorialismo,o subsidiarismo de luchas que en realidad son estratégicas y dejando por tanto el camino libre a toda clase de teorías posmodernas o modas ideológicas que se las lleva el viento. No ayuda tampoco que la organización socialista revolucionaria que debería estar lanzando propuestas y estudiando métodos y formas de avance para que la clase trabajadora vasca las enriquezca esté desaparecida.

Existe vida más allá del progresismo y Sortu debería precisamente estar ahí animando a la gente, siendo parte activa de un discurso que mande a la mierda todo lo que hay que mandar y construya lo nuevo, pero todo son pegas, todo dificultades, todo es aplacar, apagar, en vez de encender. El artículo de Iker no tendría que estar dirigido como está a los sectores revolucionarios de este país para sosegarlos y desmoralizarlos, sino a los progresistas de este país para encenderlos y que se dejen de gaitas y pegas, de que es necesario cambiarlo todo. De que no va a pasar nada que no sea bueno si dejamos la OTAN y la UE (tranquilos, Euskal Herria siempre estará en Europa gracias a las placas tectónicas), que el capital necesita presión y peores cosas ven los niños por la TV, que el socialismo no tiene cuernos y rabo y que si algún personaje público de la izquierda abertzale dice estado socialista vasco no va a ocurrir ningún terremoto (probarlo), como tampoco ocurriría si EH Bildu empieza a impulsar un movimiento comunal o autogestionario ahí donde gobierna o a impulsar leyes no escritas en ningún estatuto o constitución más allá de la voluntad de las vecinas, o que en vez de pasar tantas horas aburridas en los ayuntamientos se transfiriera el poder a fuera de sus paredes o  impulsar  viviendas de autoconstrucción por 15 euros al mes.

Me gustaría aunque solo sea oir al responsable de la diputación foral de Gipuzkoa que se van a vaciar las comisarías de la ertzaintza para abrir proyectos laborales autogestionados por actuales parados y paradas y que se van a transferir los medios de producción más importantes y toda la industria gipuzkoana a control obrero.  Si claro, lo tendríamos jodido de entrada pero con las risas que nos ibamos a echar con las caras que pondrían la patronal y la burguesía vasca tendríamos para rato mientras les vamos jodiendo con pequeñas o grandes cosas de un proceso que paso a paso y desde abajo vaya creando la alternativa al capitalismo, no un capitalismo mejorado sino su alternativa.

Nada impide empezar a dar pasos tanto en lo nacional como en lo social.¿Por qué no liberar la mente y salir de la cuadrícula del posibilismo, el electoralismo y del progresismo vacuo? ¿Para qué entonces estar cohibidos y meter en vereda cuando hay que romperla?. Tenemos un potencial que no lo queremos ver. Y no hay análisis de coyuntura que ofrezca excusa posible ni posibilista.  Pasar de la “reivindicación social” al ataque y a la construcción social. Nadie nos dará derechos. Lo paradójico de todo esto es que las posibilidades, la fuerza electoral con nuevas alzas  y el progreso social vendrían de la mano de precisamente salir de la cuadrícula del posibilismo, el electoralismo y del progresismo vacuo. Hay que avivar el fuego no apagarlo. Se lo merece el pueblo trabajador vasco y también la izquierda abertzale.

( Leer tercera parte )

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Destacado

Sí a la toma del palacio de invierno (Primera parte)

“El reformismo es una manera que la burguesía tiene de engañar a los obreros, que seguirán siendo esclavos asalariados, pese a algunas mejoras aisladas, mientras subsista el dominio del capital. (…) Cuanto mayor es la influencia de los reformistas en los obreros, tanto menos fuerza tienen éstos, tanto más dependen de la burguesía y tanto más fácil le es a esta última anular con diversas artimañas el efecto de las reformas.”

V. I. Lenin

Hoy leyendo un artículo el el diario Gara me ha parecido adentrarme en la máquina del tiempo y aparecer en Berlín en 1850, horas antes de que naciera Eduard Bernstein. Le hubiera dejado una nota para que la leyera cuando fuera mayor. Diría algo así: “No te lo vas a creer pero en el 2015 todo lo que dices va estar de moda en la izquierda, y no solo eso, va a ser tratado como si fuera una novedad innovadora de una izquierda que necesita reinventarse”.

El socialismo se logrará a través de una lucha prolongada, tenaz, avanzando lentamente de posición a posición lo que producirá una especie de evolución del capitalismo la aparición de la democracia y los logros de beneficios sindicales que esa aparición hace posible significa que el proletariado tendría cada vez más derechos a defender y por lo tanto, menos razones para una insurrección. Todo lo anterior ha revolucionado completamente las condiciones de la lucha del proletariado. Los métodos de 1848 (la referencia es al Manifiesto Comunista) son obsoletos en todo sentido” .

Esto lo dijo Eduard, el padre del reformismo y la socialdemocracia hace eones, antes incluso de muchas triunfantes revoluciones socialistas. Y no es nada diferente a lo mismo que se nos viene contando una y otra vez hoy en día. Pese a que la historia una y otra vez ha desestimado todas estas tesis y la socialdemocracia no haya tomado ningún palacio de invierno ni conseguido absolutamente nada, nada más que asentar el capitalismo mediante su gradualismo y la confianza en las instituciones burguesas. La historia está ahí y no se puede fintar.

El caso es que se repiten una serie de mantras una y otra vez y creo que va siendo necesario como mínimo echarles un vistazo.

Los mantras que se repiten son estos:

– “Lo que hace años eran reformas burguesas al haberse perdido retomarlas es revolucionario”
– “Lo reformista tiene estrategia, lo revolucionario carece de ella”
– “No se puede hacer otra cosa porque estamos fatal y la sociedad esta desideologizada”
– “Las instituciones burguesas acomplejan a los revolucionarios”
– “La izquierda latinoamericana ha conseguido alternativas y éxitos debido a su apuesta institucional”

– Y el matemático, el argumento que nunca falla y siempre siempre aparece en este tipo de textos. “La revolución no pasa, aquí y ahora, por la toma del palacio de invierno”.

Yo no se quien habrá sido el primero que dijo eso (aunque me gustaría saberlo), pero también me gustaría saber si realmente la legión de personas que lo aduce saben realmente qué diablos fue verdaderamente la famosa toma del palacio de invierno. Me imagino que piensan que fue algo así como una insurrección militar sangrienta que se llevó a todo por delante de un día a otro. Pero el caso fue que se descartó una ofensiva armada y se optó por una estrategia defensiva, apenas hubo nada de violencia, fue muy incruento. Quedó claro que una insurrección armada contra el Gobierno provisional por parte exclusivamente de los bolcheviques sería rechazada por las masas; se aprobó entonces la toma del poder pero siguiendo una estrategia defensiva, que consistía en asegurarse el traspaso del poder durante el II Congreso de los Sóviets a punto de celebrarse. Sería el Sóviet de Petrogrado el que tomase el poder y cualquier intento de resistencia del Gobierno se presentaría como un ataque contrarrevolucionario. Estaba todo el percal vendido ya. Fue la orden gubernamental de enviar parte de la guarnición lo que desató el estoque final. Y es que la famosa toma del palacio de invierno no fue cosa de un día. La revolución rusa, el hecho más influyente y decisivo del siglo XX, no fue la toma de un palacio de invierno. Sino un proceso social que duró años, con una cadena de crisis y sucesos de una estrategia revolucionaria extendida en el tiempo.

En cualquier caso, vayamos directamente al artículo de Iker Casanova porque creo que merece la pena tratarlo ya que sintetiza bastante bien en primera instancia el fatalismo bersnteiniano para luego ante la supuesta imposibilidad de cambios radicales vender tesis que lejos de una reinvención (necesaria) de la izquierda, la retrotrae varios siglos hacia atrás. Que teniendo en cuenta todo lo que ha caído desde entonces como mínimo es algo desalentador.

Si hoy un partido político europeo solicitara la nacionalización y el funcionamiento en régimen de monopolio público de las telecomunicaciones, la energía, las redes de transporte, así como del 50% de la banca y parte de la industria, su programa sería calificado de revolucionario radical y utópico y además chocaría con las normativas europeas que impedirían desarrollar tal propuesta en el seno de la UE. Pues bien, ese era el panorama de la economía en el Estado español hace 25 años

Y se podría añadir entonces que Franco era un socialista revolucionario porque mucho antes de esos 25 años tenía muchas más cosas en ese sentido. Pero claro, hay un pequeño detalle que no se suele comentar. Es un fetiche demandar “lo público”, o la banca pública, como si por ese titularidad pública per se, ya se resolvieran todos los problemas, y se dotara de una cualidad ética, operativa y de seguridad muy superior a lo privado. Ni que decir tiene que el máximo exponente público del sector bancario español, el Banco de España, por muy público que es, además de su función máxima de regulador bancario y financiero, ha dejado hacer, ha mirado para otro lado, en beneficio precisamente de la banca privada. Por ejemplo una “banca pública” operará siempre al compás de los intereses del grupo en el poder, que para eso es propietario el Estado, su Estado. El dictador Franco creó una red de bancos públicos sectoriales, desde luego se puede deducir que no con vocación de fortalecer los intereses populares, precisamente. Por lo tanto lo fundamental aquí como en casi todo es el sistema base donde se opera y que tentáculos tiene operativos el capital. Por eso lo revolucionario tanto hace 40 años, 25 y hoy mismo nunca puede ser simplemente lo público sino cambiar las bases del entramado donde está asentado.

La contrarrevolución liberal, el colapso del bloque socialista y la incapacidad de la izquierda occidental para reinventarse nos han llevado a esta situación. (…)

Aquí es donde está uno de los meollos de todo el asunto. Aunque precisamente no está. Se obvia. Y es que mucha izquierda occidental sí se reinventó hace décadas, vaya que sí lo hizo. Y eso fue precisamente uno de los motivos más importante de la situación en la que ahora nos encontramos.

La mayoría de los partidos comunistas se pasaron a la socialdemocracia, de la revolución se pasó al gradualismo, las tesis reformistas se hicieron hegemónicas en casi toda la izquierda. Se empezó a defender el estado del bienestar, a abandonar estrategias revolucionarias y a aceptar la institucionalidad burguesa. Se llegó a pensar en un capitalismo amable que a base de reformas mejoraría la situación de la clase trabajadora. En Europa fue conocido como eurocomunismo esta ola que ha llegado hasta el día de hoy. El eurocomunismo mano a mano con la socialdemocracia clásica es la mayor responsable de lo sucedido.

Porque del capital se puede esperar proceder pero esta izquierda hizo el resto. Por lo tanto volver a repetir los paradigmas de esa izquierda no puede mas que llevar a  una situación similar que debido al contexto actual lo hace aún mas agravante. La inexistencia de estrategia revolucionaria hace que las reformas gradualistas sean parte de un proceso reformista y no reformas no reformistas de un proceso de ruptura con ninguna aspiración a asentarse en la gestión del capitalismo sino a erradicarlo. Este es uno de los dilemas al que se enfrenta la izquierda abertzale hoy en día. Que tendrá que plantear sin duda una estrategia de “toma del palacio de invierno” ( de ruptura radical) donde se puedan insertar pasos tácticos que alimenten esa vía o por el contrario sucumbir al tacticismo y hacer el camino que ya hicieron muchos otros con los resultados encima de la mesa.

( Leer segunda parte )

El porqué la izquierda  no puede ya retomar el reformismo ni aunque quiera como método de avance lo explicaba bastante bien nuestro querido amigo Petriko Barreno en un comentario en el blog:

El padre ideológico putativo de todos sus hijos, alemán y llamado Eduard Bernstein: “Los fines, los objetivos, no son nada. El movimiento es todo”. Es decir, según él, que para qué teorizar, descubrir, debatir, expresar dudas o realizar una crítica, para qué sometarla a la práctica y de esta otra vez a la teoría y vuelta a empezar , eso no es nada, según el tal Eduardo, lo verdaderamente importante era moverse, la práctica, la práctica, hay que ser pragmático, lo que quería decir es que a fin de cuentas hay que ser oportunista, como todo buen político, aprovechar aquí o allá o mas allá, conseguir cosas -lo que sea-, aunque puede que no signifiquen gran cosa al final pero eso da igual. ¿y del socialismo, pa’cuando?. “El mundo fue y sera una porquería ya lo se, en el quinientos seis y en el dos mil también “, cantaba el tango, entonces para que nos vamos a preocupar por cosas tan distantes, de inciertos futuribles, el socialismo a verlas venir, centrémonos en el pan de hoy, seamos prácticos, pues bien todo eso es el tema discursivo de aquel Eduardo. Quedaba muy clara la cosa, el orden reinaba en Berlín, en París o donde fuera, el capitalismo dormía tranquilo los socialdemócratas estaban en nómina, eran fables, diligentes, democráticos y muy prácticos.

Por cierto Rosa Luxemburgo le tenía un paquete enorme al tal Eduardo (y este a ella, porque tenía un pico que era una daga afilada), pero esto son cosas menores y sin importancia. Lo básico era responder a la pregunta que planteaba Rosa, ¿o reforma o revolución?. Y los socialdemócratas, respondieron, vaya que si respondieron, cuando llego el momento, eligieron no solo reforma, sino que se sumaron a la reacción, y mandaron a sus miembros militantes junto a las tropas proto-nazis de los freikorps a masacrar a los espartaquistas en las calles berlinesas en enero de 1919, y mas tarde mirar para otro lado cuando asesinan a Karl y a Rosa.

Cuando se habla de keynesianismo, (o en su defecto de neoliberalismo), se asocia a un conjunto de medidas gubernamentales de carácter económico, que en definitiva pareciera que se reduce a una “política económica” de un tipo o de otro, es decir como si tratara de un juego de elección. Un gobierno dado puede ser mas proclive a adoptar una política económica frente a otro que adoptara su contraria, vamos una especie de “teoría de la elección” sujeta a la “voluntad” particular de cada cual: así, hipotéticamente los socialdemócratas serán supuestamente keynesianos, y los liberales o los conservadores o de la derecha serán neoliberales. Pues bien, esto no es cierto. Los socialdemócratas europeos (o de la Conchinchina septentrional) llevan adoptando medidas neoliberales desde hace décadas, en la misma Europa del bienestar, sin despeinarse.
No existe “política económica” por fuera del capitalismo; el Estado cumple una función de sujección de las reglas para ese capitalismo opere en las mejores condiciones. Y toda política económica se ajusta a sus necesidades, no adopta una vía separada ni es autónoma a la evolución del capital, ¿Por qué se adopta el paquete neoliberal?. Porque así lo requiere el capital. Si se me permites, lo resume en tres grandes epígrafes que definen el neoliberalismo, que son: monetarismo, privatización y desregulación. Monetarismo, porque estamos en una etapa de pleftora de capitales que no pueden valorizarse en el proceso de producción, de ahí que se produce la financiarización, por lo tanto, sera la regulación (o su ausencia) monetaria una pieza fundamental y necesaria (tipos de cambios, emisión monetaria, tipo de interés, flujos financieros, mercados financieros, etc.); privatización, el capital busca incesantemente, nuevos espacios de ganancia, por eso hay que privatizar todo lo privatizable (y cuando hay pérdidas se socializa a través del Estado, convertido en deuda soberana); y desregulación, desmontar el Estado del bienestar pero también eliminar todo el intervencionismo estatal de la era anterior keynesiana, el capital no puede evolucionar con trabas y cautelas, debe sobrepasar sobre ellas, de aquí la lucha contra mercados protegidos o estatales, la OMC y la goblalización, el capital se ha expandido hasta el final de la tierra, redimensiona el espacio para buscar sustancia plusvalística, o ganancia de pirata, debe de ganar algo, porque el dinero, el dinero en sí mismo no vale nada, sino puede crecer y multiplicarse.
Bien, ese es el momento del capital, y en consecuencia es un auténtico brindis al sol, creer que se va a retornar al keynesianismo o a alguna versión similar de contención del capital. No lo va a hacer, el capital no es un tipo malo, gordo y cínico con sombrero de copa y fumándose un puro. El capital, es una fuerza ciega, objetiva, autista, irrefrenable, si no lo hace una fracción lo hace otra, tiene que satisfacer su valorización. No hay espacio posible para una vuelta al ayer, no hay billete de regreso a los cincuenta o sesenta europeos (a la supuesta “economóa social” alemana -Walter Eucken, etc.- o al hipotético “socialismo escandinavo”)

¿Y cómo es que dicen Krugman y tantos otros que otra Europa es posible, que hay alternativas?. De propaganda estamos envenenados, sepultados en toneladas de distracciones. Resulta que Estados Unidos o Japón y alguno más, han conseguido con menos éxito que publicidad sostener ligeros ritmos de actividad, pequeñas recuperaciones económicas, a base de inyectar en la economía ingentes cantidades de recursos líquidos, en condiciones superfabulosas, dinero regalado a interés casi cero y en plan barra libre. Pues bien, esta tesis, que se supone que es “keynesiana” para ello, es decir sostener una expansión monetaria a falta de inversión privada para favorecer la reactivación, se basa en una de las condiciones que esta crisis esta revelando.

Si en los setenta se produjo una paradoja como lo era que simultáneamente se combinaran inflación y recesión, en la entonces denominada estanflacion; la medida a adoptar era la restricción monetaria, para controlar la inflación, (primera fase del monetarismo). Hoy, es un proceso distinto, se produce la combinación de deflación y recesión, es decir, y aquí vienen los keynesianos, quienes afirman que es contrario a la lógica, que en tales circunstancias se promueva austeridad y una política restrictiva, que lo que debiera de hacerse es al contrario, ante el escenario deflacionista, se debe de desplegar una política expansiva que favorezca el crecimiento. Por lo tanto esta es la supuesta alternativa, este es el neo-keynesianismo del que tanto alegan los socialdemócratas (y monaguillos que les acompañan): de ahí a suponer una nueva fase alcista de salarios, ampliación del gasto social, o regulación de la economía o desarrollo del sector público de la economía, eso, ya es mucho suponer, que mas bien va a ser que no, y no se espera nada de nada (bueno, si se quieren promesas y palabras que encandilen, total no cuestan, todas las necesarias)..

El mejor ejemplo de que no funcionan las cosas son precisamente EE.UU y Japón, lo han intentado con todo, pero no hay manera que despegue este gigantesco pajarraco que es el capital, está mas endeudado que un aristócrata, pero ese no es problema -que lo es- en cualquier momento se perdodan las deudas, se resetean y ya está. El problema es que no se valoriza lo suficiente, cada vez mas y mas capitales se ponen a la cola, en la puerta de la producción, pero no consiguen su pedacito de plusvalía. Y en esa estamos, llevamos cuarenta años con el tema, unos momentos parece que tira -aumento de ganancias-, pero la tendencia es inexorable, inevitable a la baja. [¿oh los BRICS?, please, que Rusia ya llevaba meses de crecimiento negativo hace un tiempo, o sease recesión, y Putin con un programa de ajuste social de mil pares de cojones para los rusos -dice que está sobredimensionado el gasto social a su escala de PIB-; China, está paralizando su producción y la clase obrera china sale mas a la calle a hacer huelga por aumentos salariales -lo cual es importantísimo-; Brasil con la estupidez del Mundial y en dos años las olimpiadas, se puede armar una muy gorda; etc…..]. ¿La revolución bolivariana?, Muy bien, gracias, aplicando las medidas neoliberales consensuadas con las grandes transnacionales petroleras, gasísticas y minero-carboníferas.

Con todo este panorama, se puede uno preguntar, ¿hay congruencia?. El reformismo era funcional en la etapa de los treinta años gloriosos, servía la socialdemocracia, las demandas salariales se satisfacían, los sindicatos funcionaban como controladores de la clase obrera, y a esta la sometían a un sueño de consumismo. Hoy nada de eso ya puede funcionar, el problema del capitalismo, no es poder producir una cosa u otra, sino que sea rentable el hacerlo…. y a final de cuentas, solo puede ser rentable, si justo al final de todo el ciclo global (de todas las producciones, sectores o áreas) existe un excedente, llamado plusvalía, para que se reinicie un nuevo ciclo y así sucesivamente. Y eso es lo que ya no hay. El capitalismo se está revelando cada vez mas, para mas gente y de modo mas evidente, como superfluo, como un obstáculo, como un inútil parásito, para que se satisfagan las necesidades sociales. Sostenerlo es una pérdida de tiempo, de energía, y de recursos, entonces, para que endulzarlo, o aparentar que tiene alternativas, de que tiene vida, si es todo lo contrario, un decrepito lleno de vendajes, engranajes, prótesis o mucho maquillaje. Que se hunda, y se vaya por el desague de la historia.

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Lenin, el que se cargó la “revolución democrática”. Y la toma del palacio de invierno vasco

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Autor: Borroka garaia da!

A Lenin básicamente no le hacía ni puto caso nadie en el movimiento bolchevique ni en ningún otro. Solo era comprensible en oscuros callejones de suburbios donde los susurros iban acompañados de un fuerte tufo a vodka (que por cierto era ilegal). Nadie del espectro político ni mucho menos sus intelectuales se creían de verdad que 300 años de opresión de la burguesía y los terratenientes podría ser eliminada por obreros pobres, macarras y desarrapados junto a campesinos. Por eso, una vez que el zar nicolas II ya había abdicado, la izquierda rusa no defendía ya la violencia como herramienta revolucionaria, llamaba a compartir táctica y estrategia con las clases medias, al trabajo en las instituciones del gobierno provisional, a la conciliación en el tablero internacional, a la cooperación interclasista, al desarrollo progresivo de la democracia institucional y a la unidad de fuerzas en la socialdemocracia para seguir dando impulso a la iniciada revolución democrática en curso.

Asqueado e incomprendido por la clase política y la intelectualidad, Lenin escribió las Tesis de Abril de cara a un discurso que pronunció en el Palacio Táuride el 4 de abril de 1917. Puso absolutamente patas arriba todo lo que hasta ese momento era “la verdad”. Atacó con fiereza el apoyo que se estaba dando a la comunidad internacional y sus intereses, llamó a no cooperar con el gobierno provisional, llamó a abolir la policía, el ejército y la burocracia, desechó la democracia parlamentaria y sus instituciones, y puso una barrera entre los socialistas revolucionarios y los socialdemócratas a los que llamo social-chouvinistas. La crítica de Lenin afectaba también al movimiento bolchevique ya que eran los preceptos que estaban incrustados.

Partiendo de la base de que ninguna revolución democrática bajo el capitalismo podía solucionar los problemas que afectaban a la clase trabajadora rusa lanzó la increíble consigna de que la revolución requería terminar con el poder político de la burguesía y sus formas institucionales y que los y las que lo iban a hacer no podían ser otros ni otras que la chusma, los tirados y las más humildes, ante la estupefacción y consternación de filósofos y teóricos varios cuando afirmaba que una revolución no socialista no podía pasar de ser una caricatura de revolución.

Lenin propuso un proyecto inspirado en la Comuna de París, un Estado obrero sin apenas burocracia con forma de “Estado – No Estado” diseñado para auto-extinguirse y controlado por el poder popular y obrero de los soviets. Donde el Estado era la clase trabajadora y no el Estado. Este Estado transicional solo debía tener la misión de reprimir a la burguesía hasta su desaparición, siendo la clase trabajadora el verdadero centro del poder socialista.


Fue un buen intento, el primer gran intento de una revolución socialista para dotar a la clase trabajadora del poder (y todo lo demás), arrebatado por la burguesía. Desgraciadamente con el tiempo y los años no se transcurrió en las ideas que inspiraron la revolución y en vez de auto-extinguir el poder de estado y la burocracia, el estado y la burocracia se hicieron fuertes haciendo inoperativo todo proyecto socialista y abriendo las puertas de par en par a la restauración capitalista. Esta derrota no quita un ápice del mérito de aquella revolución y de su verdad que nunca ha podido ser contradecida ni desmentida con datos encima de la mesa hasta el día de hoy. Y esa verdad es que no hay otro camino que abra las puertas al socialismo que no sea la revolución socialista. Algo que ni a su pesar los mencheviques del siglo XXI pueden rebatir, pues no se conoce ninguna experiencia socialista y de toma del poder por la clase trabajadora que no haya partido de una revolución socialista.

Bolchevique significa “miembro de la mayoría” pues llegaron a ser mayoría dentro del movimiento obrero ruso antes de escindirse de la socialdemocracia. Hoy los mencheviques que significa “miembro de la minoría” son la mayoría de la izquierda internacional. Pasados 100 años de la revolución socialista de octubre, las siguientes revoluciones socialistas que están por venir necesitarán volver a invertir ese dato, y la clave sigue estando en el mismo sitio de siempre, en los condenados y condenadas de la tierra y en las más humildes. Y es que Lenin en realidad no se cargó nada, fueron ellos y ellas.

¿Qué fue de la revolución socialista vasca?

“El país gira sobre sí mismo (revoluciona) como el torno del alfarero… El rey ha sido expulsado por los miserables… Los mendigos se han convertido en dueños de los tesoros… Los ricos están de luto, los pobres de fiesta… En cada ciudad se dice: expulsemos a los poderosos que están entre nosotros…”
Lamentos de Ipuwer – Papiro después del reinado de Pepy II, faraón del Antiguo Egipto, durante el Primer periodo intermedio de Egipto (c. 2200 a. C.)

Este año se realizarán numeras celebraciones, análisis, críticas, manipulaciones, minimizaciones, exaltaciones y distorsiones de un hecho y una trayectoria que marcó en gran parte el devenir de la izquierda a escala mundial. Pues este año se cumple el 100 aniversario de la revolución (o revoluciones) de 1917. La primera de las revoluciones socialistas, propiamente dicha.

Cuando hablamos de la revolución socialista rusa, pareciera que estuviéramos tratando de algún hecho prehistórico perdido en la insondable memoria genética atávica de un pasado que sobrepasa nuestro espacio y tiempo pero la realidad es que en perspectiva histórica sucedió hace muy poco. Ocurrió dos décadas después de que se fundara el PNV o una década antes de que se fundara ANV.

1917 en Euskal Herria. El hermano de Sabino, Luis Arana, hacía dos años que había sido expulsado del PNV por oponerse a la deriva institucionalista española del partido, los llamados “euskalherriacos” habían ido copando los puestos dirigentes y dando paso a una línea política cada vez menos independentista y más reaccionaria en lo social. Siempre a la sombra del mutimillonario Ramón de la Sota. En 1916 surgía Comunión Nacionalista Vasca, verdadero origen del PNV actual. En esa época desde CNV, como Chabauld, el alcalde de Bilbo, entregaban listados al gobierno militar español de ficheros privados de activistas de izquierda. Lo que permitió que acabaran encarcelados un bueno número de ellos. Cansados de nacionalismo burgués reaccionario y conciliador con el estado español se abre paso Juventud Vasca de Bilbao y su diario Aberri. Lo que algunos erróneamente interpretan como “la segunda alma” del PNV, siendo en realidad de las primeras piedras de los diferentes caminos que conformarían el nacionalismo de izquierda.

Una izquierda abertzale que pasada la guerra del 36, en dictadura franquista y al calor de la influencia de diversas revoluciones socialistas y el caudal ideológico acumulado desde la revolución de 1917 y la propia situación de opresión nacional y social de la clase trabajadora vasca se hace socialista abertzale revolucionaria, crea el binomio independencia y socialismo en el marco autónomo de lucha de clases llamado Euzkadi, sinónimo de Euskal Herria, para la liberación del Pueblo Trabajador Vasco.

Y frente a la opción pequeña burguesa vasca o socialista española, declara su objetivo: La revolución socialista vasca, la toma del poder vasco por la clase trabajadora vasca.

Sí. Existen dos dictaduras. Y son dos las naciones oprimidas. Porque  si Euzkadi está oprimida por España y Francia, la nación obrera está oprimida por la nación burguesa. De esta forma, el problema de Euzkadi queda planteado en sus dos vertientes reales. Nacional y social.  Queremos ser libres, sí. Pero integralmente libres. No nos interesa la independencia a secas. (…)

A nosotros, ni monarquías, ni repúblicas, ni nada. Todos los que se  levanten en España harán lo imposible para que aquí no se levante nada ni nadie (salvo, tal vez, de algunas concesiones estatutistas a la alta burguesía vasca a cambio de su silencio).

Zutik 44, (Escrito por: Txabi Etxebarrieta)

¿Qué es revolución vasca?: El proceso que debe realizar el cambio radical de las estructuras político-socio-económicas por medio de una estrategia justa. Teniendo en cuenta que no basta una conciencia nacional, es necesaria una conciencia de clase nacional, puesto que sufrimos tanto las estructura capitalistas como las imperialistas

Txabi Etxebarrieta

Y es que este año también se cumple el 50 aniversario de la segunda parte de la V asamblea de ETA.

Hablar hoy de revolución socialista con todo lo que ha caído puede que a muchos suene a utópico. Como a una cosa del pasado. Pero la historia de la humanidad es la historia de la revolución, o la hacen los y las de abajo contra los de arriba o la hacen los de arriba contra el abajo. Y así seguirá siendo pues no existe otro motor de la historia. El posibilismo es convertir precisamente la política en el arte de lo posible… y llegados hasta aquí es preferible agarrarse fuertemente a la afirmación de Ernesto Guevara de que la política es el arte de hacer posible lo imposible. Las revoluciones socialistas aún están por venir. La revolución socialista vasca es futuro no pasado. Y en Euskal Herria nos toca organizarla. El valor instrumental de organizar tal revolución es claro y conciso, nos trae las herramientas fundamentales para ir llenando las variables de las condiciones de desactivación de la opresión nacional y social. Por lo que frente a la pregunta inicial de ¿Qué fue de la revolución socialista vasca? , se abre paso el ¿Qué será de…? Y esa pregunta tiene una respuesta. Sirva este año para ir contestándola más allá de efemérides.

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El Salvador alerta por fuerte sequía

Hasta 21 días sin lluvias han pasado en la zona oriental de El Salvador.

“Tenemos déficit de lluvias a pesar que no está instalado el fenómeno de El Niño”, advirtió el viceministro de Ambiente y Recursos Naturales de El Salvador.

El Gobierno de El Salvador se encuentra alerta y prepara una serie de medidas para enfrentar la fuerte sequía que afecta cuatro departamentos de la zona oriental del país.

El presidente Salvador Sánchez Cerén alertó sobre los daños que ha generado la falta de precipitaciones en los cultivos, especialmente de maíz.

“No sabemos el tiempo que se alargará esta sequía y tenemos que tomar medidas para que podamos garantizar los alimentos”, destacó el mandatario respecto a la situación que tiene a 10 departamentos en sequía “meteorológica moderada a débil”.

MARN El Salvador

@MARN_SV

Mapa de días secos consecutivos, desde el 22 de junio al 14 de julio de 2018. Hoy acumulan hasta 23 días secos consecutivos en algunas zonas del oriente del país.

 

Las autoridades instan a la población a atender las indicaciones de las instituciones, sobre todo en lo que respecta a siembre y resiembra. “Vamos a estar listos para ayudar a aquellos agricultores que han tenido pérdidas irreversibles”, afirmó el titular del Ministerio de Agricultura y Ganadería, Orestes Ortez.

>> Centroamérica bajo amenaza de explosiones volcánicas

Por su parte, el viceministro de Ambiente y Recursos Naturales, Ángel Ibarra, afirma que la sequía es un tema que incumbe a toda la sociedad, porque los efectos del fenómeno también afectan la economía nacional. “Es un desastre silencio”, aseveró.

MARN El Salvador

@MARN_SV

Ibarra: hoy tenemos défitic de lluvias a pesar que no está instalado el fenómeno de El Niño.

 

En El Salvador se han registrado sequías en los años 2012, 2013 y 2014, pero la de 2015 fue considerablemente más grave. Ahora las autoridades se mantienen alerta.

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LA VERDAD OCULTA POR LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN DE LA DERECHA

Freddy Bernal: Vamos a defender los principios del socialismo

 

El legado de Chávez: Luchar sin descanso por el bienestar del pueblo

 

CONFIAR EN EL PUEBLO excelente artículo del camarada Que sea la verdadera voluntad del poder popular la que guíe los hilos de la patria en todos sus ámbitos. No dejes de leer el artículo 👇

La educación del pueblo también es legado de Chávez

 

Aqui en Venezuela se trata a los niños con respeto, y promovemos una patria libre y soberana, en cambo EEUU son los creadores de los DDHH y enjaula a niños sometiendolos a juicios sin el amparo de sus familia. Y llaman a dictador Q IRONIA!!

Legado de Chávez quedo sembrado en niños de la Patria